Bendito entre mis hermanas

Desafortunadamente no hallé el texto original de este artículo publicado por las Selecciones del Reader’s Digest de octubre de 1991, pero encontré la versión original titulada “Surrounded by sisters” (Rodeado de hermanas) de Jeremiah Mahoney, publicado por el New York Times el 7 de abril de 1985. Me perdonan si la traducción no es fiel, pues traté de darle la calidez que yo recordaba, y por la que les dedico esta lectura a mis hermanas Sandra y Martha. Con que pueda compartir con ellas esta y muchas lecturas más, tengo sufuciente.

Cuando yo era muy joven yo creía que las hermanas eran una oscura penitencia para los hermanitos que se habían alejado de la voluntad de Dios. Yo tenía tres hermanas mayores, y pensaba que eran seres extraños y crueles dedicados a una misión: asegurarse de que el tiempo que pasara un hermano en la tierra fuera tan reconfortante como una estancia en la Isla del Diablo.

Mi buena madre estaba preocupada con la limpieza, la cocina, y estirando los dólares de la Depresión, y muchas veces les delegó el cuidado y la alimentación de mi persona a mis hermanas, quienes se  tomaron el trabajo demasiado en serio. Ellas amaban el jabón duro y el agua caliente. Ellas bañaban y restregaban mi frágil cuerpo por lo menos tres o cuatro veces al día, como si pensaran que fueran  mis madres de verdad.

En el caso de mi hermana menor, una perfeccionista certificada a la edad de cinco años, el motivo para desgarrarme la cara era su repugnancia por las pecas. Sostenía que mis grandes estigmas faciales en forma de uvas pasas eran una desgracia para la familia. A menudo,  le rogaba a mi madre que no me dejara salir de la casa hasta que yo tuviera 28.

Mis hermanas odiaban los bates de béisbol, martillos, los palos, las piedras, y todas las cosas que yo amaba blandir con loca determinación. Nunca se me permitió jugar con algún objeto que se considerara letal. Al principio, yo estaba convencido de que mis hermanas creían que las manos se habían hecho sólo para la manipulación de alimentos, para usar guantes de lana picante y para orar. Las hermanas eran feos y huesudos gigantes cuyo único propósito era hacer la vida miserable. Las hermanas comían sus verduras y disfrutaban de la leche. Las hermanas llevaban pañuelos pequeños con dobladillos bordados. A las hermanas le gustaba el baño, la escuela y los maestros, hacían los deberes impecablemente y sin derramar la tinta.

Recuerdo días con cielos azules y la brisa cálida alborotando el cabello, días en los que debería haber estado fuera en un campo verde, pero en su lugar mis hermanas aplastaban esa oportunidad de oro con sus amenazantes y despiadadas garras invisibles. Era una agonía sentarse allí a soñar con la libertad, mientras que ellas hacían un trabajo estúpido que al final de media vida les producía una tonta tira tejida, que ni siquiera tenía utilidad alguna. Me atormentaba continuamente el estar allí sentado escuchando sus voces estrepitosas y risas chillonas.

Hubo momentos en que escapé y salí corriendo en busca de emoción. Mis hermanas gritaban amenazas de muerte y otras graves consecuencias, mientras que me perseguían por el barrio como si fuera un monstruo psicótico.

En ocasiones, mis guardianas me arrastraban a la sala de cine. A pesar de que me daban de comer palomitas de caramelo, me revolcaba por el suelo de baldosas de goma, gritando vivas a los villanos de la película, hasta que el acomodador, y luego el gerente me pedían que bajara el tono. A menudo, una de mis hermanas giraba mi asiento y aplastaba mi pequeño cuerpo entre él y el respaldo. Yo rogaba por ser liberado. Tan pronto como mi cuerpo magullado era aflojado, me escapaba y corría disparando alegremente a la audiencia con un revolver hecho de mi pulgar y mi índice. Entonces mis hermanas, el acomodador y el gerente me perseguían por todos los pasillos, dentro y fuera de las filas vacías, hasta que me acorralaban. Por mis los crímenes en el cine, tarde o temprano, mis hermanas se embarcaban en una venganza silenciosa. Cuando mi madre se iba de compras ¡me ataban a la cerca del patio como un perro callejero y me hacían comer espinacas o col hervida desagradablemente desabrida!

Cuando yo tenía 11 o 12 años, mis hermanas empezaron a salir con muchachos. Recuerdo que los  sábados en la noche eran una pesadilla, en la que mis hermanas corrían por toda la casa en busca de zapatos, cinturones, vestidos y cintas. Hacían mala cara, gritaban, discutían sobre quién debía usar el baño primero. Pero yo amaba esas noches locas. Su histeria nerviosa y su ceño fruncido por el pánico eran la mejor alegría para la vista, especialmente cuando mis hermanas invariablemente recordaban algo que se necesitaban de la tienda, como medias, esmalte de uñas, etc. Y cada sábado por la noche, me sentaba en una silla de la cocina a la espera de hacer negocios, lleno de “amor fraternal”, por supuesto. Yo corría a la tienda por una hermana a la vez, y sólo compraba una cosa en cada viaje. Cada viaje les costaba cinco dólares. Me odiaban, pero yo era su único “servicio las 24 horas en guardia” en ese momento. La mayoría de los sábados explotaba sus necesidades con ganancias de 20 a 30 dólares.

A pesar de que su ansiedad del sábado por la noche me proporcionaba una buena suma cada semana, aún faltaba la principal atracción que hacía que la vida con las hermanas valiera pena. Después de que tuvimos teléfono, este se convirtió en enlace de mis hermanas con el maravilloso mundo de los chicos. Se me instruyó para tomar los mensajes. A su regreso a casa, mi hermana más popular preguntaba: “¿Alguna llamada?” Yo le contestaba “Un chico llamado Frank.” Ella mordía el anzuelo con impaciencia. “¿Frank qué?” Yo contenía la risa y decía, “Frankenstein”

Una vez le jugué una broma a mi hermana menor que pensaba que era Juliet Roberts*. Caminaba y hablaba como la estrella de cine e incluso llevaba el pelo al estilo de la Roberts. Llamé a casa desde un teléfono público en la calle y pregunté por mi hermana menor. Cuando pasó al teléfono, le expliqué que yo era un agente de la Compañía de Cine Metro y que me había llamado la atención su andar y su cabello largo y le pregunté si estaba interesada en venir a Hollywood para trabajar como actriz de soporte, ella preguntó con prontitud con su más articulada voz cinematográfica, “¿soporte para quién?” Yo contuve mi alegría por su credulidad y respondí, “para King Kong”.

Con el tiempo nuestra amable guerra llegó a su fin, y me di cuenta de que mis hermanas eran hermosas, amables y cariñosas. De repente, me convertí en su protección. Me molestaba cuando venían esos muchachos con cabello engomado a recoger a mis hermanas para salir con ellas. Descubrí sus corazones generosos y considerados cuando me presentaron muchos regalos en Navidad y en mis cumpleaños. Lloraron cuando me fui a la Fuerza de Marines, y durante mi tiempo en el Pacífico me escribieron muchas cartas cálidas y dulces que me ayudaron a sobrellevar el miedo.

Al mirar hacia atrás y ver los líos que tuvieron que soportar en el pasado con su hermanito, no puedo menos que alabar su paciencia y devoción y agradezco a esa musa especial que las trajo a mi vida.

*No se trata de Julia ni Julie Roberts, sino de Juliet Roberts, una actriz de cine de la primera mitad del siglo XX. (NdelT).

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