Amargura

Inspirado en un amigo o en una amiga que ahora me malquiere y que quizá usted conozca y en otro individuo, que me conoce y sabrá leer entre líneas.

Tal vez les haya sucedido que un amigo les habla mientras se toman un tinto con él y le menciona sus problemas de dinero, o los que tiene con sus compañeros de trabajo, su familia y especialmente su pareja. Cuando se está molesto, o triste, es fácil que ese amigo encuentre eco en nosotros. Si estamos felices, llenos de vida y expectativas, a veces es difícil prestar atención sincera y máxime cuando ese amigo lleva varios días repitiendo la misma historia, con las mismas quejas y los mismos abismos de sentimiento. Un amigo mío o una amiga mía me leyó esta carta de la que fue destinatario o destinataria, durante el cuarto contacto en el que se tocó el tema. Inicialmente no lo escuché, a pesar del acento mampuesto de voz profunda y maneras pausadas con que lo leyó.

El remitente era una persona interesante, con la que yo había tenido un contacto más o menos cercano, y de la que no había sabido por varios años. No usaría la palabra amigo o amiga para referirme a esta persona pero, de cierta forma me complacía conocer el asunto. ¡Oh no! ¿Es eso inmoral?

Voy a parafrasear la carta, porque tengo mala memoria para las palabras que no me impresionan la primera vez; pero estas me impresionaron particularmente, por lo que creo que el recuerdo es confiable.

<<No sé si ya no es tiempo (o si todavía no lo es, no lo puedo decir) de decirte con el corazón en la mano que este tiempo no ha sido álgido por el hambre, o por la falta de sueño o de diversiones, frivolidades y otras trivialidades que no solía tener en otros tiempos. Ha sido álgido, empero por tu ausencia. No lo he podido superar; ha sido todo un proceso y estuve en esa etapa en la que te dices “va a volver, va a volver”. Estuve también en esa etapa en la que te predicas  a ti mismo “no va volver, pedazo de alcornoque; la lastimaste en algo que sabías que yacía bajo su piel, te regocijaste en su miedo y en la dependencia que creíste que habías suscitado”, interpolando lo que en realidad me sucedía a diario. Pasé por aquel momento en que te dices “ha de volver, porque es dulce y misericordiosa y no te va dejar sólo, sabiendo que no puedes vivir sin ella”. Me regañé en otra etapa por ser patético y haber perdido la noción de la realidad. Por ignorar nuevamente tus sentimientos, tan claros en la mirada que las palabras vienen sobrando. Cuando ya veía venir el “¿sí ves? No es tan buena como tú crees. No va a volver aunque estés a punto de morir y de su presencia dependiera tu vida”, entonces sabía que debía refrescar mi mente, por lo que he vuelto a caer en las distracciones de la diversión con excesos. Eso me molesta, pero, fíjate bien, y verás que la vida se vuelve como un club en el que la membrecía se paga cada vez que se asiste a las convocatorias, a las que convidan al que saben que está solo y necesita compañía.

 

<<Pero, no todo este tiempo ha sido tan oscuro. Te voy a decir por qué.

 

<<Las veces que has venido a visitarme, te he deseado intensamente  y en silencio. Soy un pésimo amante y tengo un ego inmenso. También estúpidamente sincero (es decir, soy un estúpido por no escoger mejores momentos para ponerme sincero). Pero, aun así, quería sentir que me rodeabas con tu cuerpo, con tus aromas, con la textura de tu piel, con tu respiración. Quería saber que habías vuelto, aunque fuera una sola noche y ya me tenías de nuevo a tu merced. Esos momentos fueron tan exquisitos que la sola memoria basta para que por unos momentos reviva el éxtasis. Y ahí, tras unos breves momentos en primavera, regreso de pronto al frío invierno.

 

<<Mi alma se ha vuelto amargada tras tu ausencia. Ya nada me divierte, y todo el mundo me toma por sorpresa. Y lo que he tenido que hacer me ha amargado también la vida. Es como si a mi sangre la hubieran inoculado con todas las cosas más amargas del mundo, excluyendo el licor.

 

<<Ninguna compañía me proporciona las delicias de la tuya. De hecho, muchos de los prospectos de compañía adolecían de las molestias de tu compañía. Casi todas adolecían de mis defectos.

 

<<Pero, ahora que si lo piensas bien, ya no me podrías salvar. Y al llegar a casa, te encontrarías con un demonio amargado y frustrado. Qué bien que no lo tienes que soportar hoy en día.

 

<<Es una situación, diría yo, similar a la que tu tendrías si yo te robara alguna cosa preciosa tuya, un recuerdo o una prenda de vestir a la que te hubieras apegado como a un amuleto y te hubiera prometido regresártela eventualmente. Yo sé que no me has prometido nada. Lo ha hecho la sonrisa que esbozas en mis recuerdos, que entonces me invitaba a la respuesta grata del beso con los labios sonrientes y ahora me arrastra por el cieno frío de un cementerio donde yacen inermes y exánimes todas mis esperanzas. >>

 

Yo sabía qué querían decir todas esas palabras en su momento; pero no quise cargar con el peso de su significado, honrándolo con una mención. No señor. Tampoco sabía exactamente qué posición asumir, porque no se supone que te cuenten estas cosas para que juzgues a tus amigos, sino para que los apoyes sin preguntas ni cuestionamientos. Así que hice lo que un idiota cualquiera de esos que se meten de amigos sin saber qué es esa vaina: “¿Y qué vas a hacer?”.

 

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