Cuento de una tarde sommnolienta o El jueves en la tienda del parque

beer

Ésto lo escuché hace varios años en una tienda de un pueblo del Tolima

-Yo le dije a esa mocosa que se quedara quieta. Harto le dije. Pero, estos chinos de hoy en día, no le tienen miedo al cuero, porque no lo han saboreado. Y así, pues ¿quién los ataja? van por ahí haciendo y diciendo sandeces y como todos son pecadores, ya nadie le da en la jeta a nadie.

-¿Y cuándo fue que se fue al piso?

-Ahora verá. Respéteme mis rodeos que yo perdonaré los suyos.

-Bueno, vecino, pero cuente pues.

-Un traguito de la cervecita antes de que se me caliente – el anciano bebió su trago y luego retiró la humedad de sus labios con la muñeca de la mano derecha que luego secó en el pantalón. Con la mano que tenía la cerveza, la dejó de nuevo sobre la mesita.- ¿En qué iba?

-En que le decía a la mocosa que se estuviera quieta…

-Y no hacía caso. Necia, la vergaja china esa. Y así mismo fue cuando señorita. Solo que cambió de juguetes, pero era la misma joda: pa’ dentro y pa’ fuera. Y como siempre fue linda la chinitica, pues, juguetes era lo que no le faltaban.

-Ajá.

-Entonces apareció un tal Raimundo. El pendejo ese no era ni feo. Era hijo de un vergajo que era mecánico, que trabajaba en un taller en el San Severino, que luego tuvo un accidente ¿Sí sabe quién es?

-Sí, vecino, Raimundo el hijo de don José y doña Helena.

-José Bermúdez. Alto era ese tipo. Y elegante. Él estaba en el taller todo engrasado, pero el domingo iba reluciente pa’ misa. Corbata y sombrero.

-No se me desvíe, vecino.

-Eh, pero Ud. sí acosa ¿no? Pues la muérgana china esta se tragó del Raimundo y no hallaba cómo metérsele en los calzones. Finalmente, la verrionda esta se le escapó a la mamá (en esas el viejo ya estaba cojo) y cogió pa’ donde el Raimundo, y sin avisarle (o eso dizque dijo él), se le metió por la ventana al cuarto. Según la negra del primer piso, dizque se trepó a la ventana empelota.

-¿Cómo así vecino?

-Hágame el favor. En esa buena estima tenían a la muchachita, si es que no es verdad tanta mierda que hablaron. Y si es cierto, muy audaz. Pero, pendeja, a fin de cuentas, porque el güevón ese no tenía un peso, ni trabajo ni nada. El caso fue que ahí tuvo un muchachito.

-¿Eso fue antes del accidente?

-¡Claro! Si cuando el accidente ella iba con el pelado en los brazos.

-No, vecino, ¿cómo se le ocurre? Si la señora esta se cayó duro, y rodo por esa loma un poco de metros. Si hubiera llevado al pelado, lo hubiera aporreado muy duro. Lo habría dejado mal, o Dios me perdone, lo habría matado. Porque esa señora… ¿qué iría a hacer si se le muere ese chino, cuando fue ella la terca que no se quitó esos zapatos?

-No, no, no ¿cuáles zapatos? Déjeme yo le cuento bien la cosa. Vea: ella iba descalza.

-¡Quej! Don Vicente, no sea tan ingenuo ¿Qué iba a hacer esa señora por allá arriba sin zapatos?

-Porque usted no me deja hablar. Escúcheme. Venga, escúcheme, déjeme hablar a mi solito y si quiere anote todo lo que le parezca mentira y yo se lo corroboro.

-¿Cómo me lo va a corroborar?

-Aguarde y verá.

-Vecino, hágale más bien. Tómese otro chorrito, para que humedezca el guargüero.

El viejo se apuró el traguito con una sonrisa maliciosa. Agotó el líquido en el segundo aventón y miró con un ojo mientras cerraba el otro.-Huy, esta joda ya está vacía.

-Pida la otra don Vicente, ni más faltaba.

Le trajeron la otra y la mira con ganas reprimidas mal disimuladas. Ya había criticado esa misma noche a varios borrachos del pueblo, tan ruines como él, pero, menos discretos.

-Mire: Don José casi se muere, pero se levantaba como podía y decía que ese niño sería de cualquiera, y le mencionó a varios gañanes de esos que todos sabían que habían comido dulces de la niña, pero, ¿pa’ qué?, qué la pelada anduvo juiciosa todo ese año, por arrastrarle el ala al Raimundo. Se volvió antipática: ya no la querían ni las amiguitas esas con la que andaba antes.-Terminó con un último aire, que casi no le alcanza.

-Don Vicente, no se me agite.

-Bueno. El pelado no sabía qué hacer, y uno lo veía como si nada, por la mañana en el colegio, y por la tarde en el taller. Solo le vi una novia antes de eso, esta niña Mariela.

-Mariana.

-Espere tantico… Como que sí. Mariana es la cosa. Bueno, esa monita era lo más de linda. Pero, era muy creída y el Raimundo era querido, pero… Usted sabe cómo son esas niñas: el papá fue alcalde, salieron de vacaciones para Inglaterra y eso volvió que no le cabía un espartillo por ese…

-¡Beh! Don Vicente, no le conocía muy bien esa lengua.

-Por el rabo, ja, ja, ja… Eso aquí en el campo no es como en el pueblo, aquí nadie nos jode por tener la lengua como un ají.

-Siga pues, vecino. ¿No se le ofrece una rellenita?

-Puede ser, con papita salada, si no es mucha molestia.

-Siga, don Vicente, ni más faltaba. –Doña Claudia, regáleme dos rellenas con buena papita. Siga don Vicente. Y ¿en qué quedó?

Media morcilla colgando, no se sabía bien si de la boca o del tenedor, o de ambos con la otra media en los carrillos, no dudo en salpicar comida por todos lados mientras decía: -La vieja lo dejó a la semana; la vieja lo dejó y estuvo haciendo unos cursos en el pueblo y luego se fue pa’ la universidad en la capital.

-¿Y el pelado se cuadró con la Natalia ahí mismo?

-¡Noj! ¿Eso es lo que le han dicho? Ellos nunca se cuadraron. El pelado llevaba como dos años desde que la Mariana lo dejó y él estaba solo, trabajando juicioso y estudiando juicioso. Los domingos iba a misa con los otros pelados, la niña y el pelado, y los gemelitos. También con los papás. Salían despacio. Apenas pa’l paso del viejo.

-Uno de los gemelitos dizque tiene una enfermedad en la sangre. Los dos pues, pero el mayorcito como que mantiene grave.

-Ah, sí. Pero deje le cuento lo que me falta de la historia de Natalia.

-Ah, verdad.

-La china esta se le metió al cuarto y lo abordó por la noche. Quién sabe dónde dormiría esos días, desde que se le voló a la mamá. Lo cierto fue que se le metió al cuarto a Raimundo y el pelado, más de malas, la perjudicó.

-¿Cómo así?

-Sí señor. El chinito se parece al papá, mírelo bien.

-No don Vicente, será porque usted es el bisabuelo.

-Ja, ja, ja. No, es verdad, el pelado es muy parecido al papá. A veces me da pesar, porque el palado se crió aquí en la casa, pero, muerta la mamá le tocaba al taita poner la cara.

-¿Hace cuánto que se cayó Natalia?

-Ahora ya serán… como tres años.

-No es tanto ¿No?

-Pues, sí, siempre. Después del colegio, la china se puso a hacer un poco de cursos, ahí mismo en el colegio, pero por la noche. Es que ahí funcionaba de noche otra cosa, como un instituto. Funciona todavía. Y los fines de semana, siguió con el baile. Dejaba el muchachito donde la tía alcahuete, porque la mamá no le patrocinaba ese negocio y el papá que no le tocaran a su princesa. Pues la china salió de novia de un pelado que era hijo de este señor alto que trabajaba en el banco; que lo mataron por error unos guerrilleros. El pelado era juicioso y, qué pecado, se burlaban de él, porque esta china tenía muy mala fama. A toda hora los vergajos chinos estos eran envenenando al pelado, cuando ya llevaban harto. Pues le sacaron cuento con un chino del puerto y el pelado se mató de un tiro.

-Ah, sí, yo oí ese cuento. Que el pelado dejó una carta y que quiso ahorcarse pero no fue capaz y le sacó el revolver al papá.

-Sí, Carlitos. Era buen pelado. A la pelada le dio duro. Yo sinceramente nunca la vi con gente del puerto. Andaba con todos esos pelados, pero no. Nunca con uno del puerto. Al fin salió la pelada pa’ las fiestas y armó una carreta con unos compañeros y con los hermanos que habían venido para esas fechas y se disfrazó, lo más de bonita.

-Don Vicente ¿qué relación tenía usted con esa china?

-Yo era el bisabuelo materno.

-No, por eso, don Vicente: ¿cómo se la llevaba usted con Natalia?

-Ah, nada. No yo la veía por ahí, pero si acaso me saludaba. Quién sabe si estaba enterada de que yo era el bisabuelo.

-Seguro que sí. Es que Ud. no es tan viejo tampoco ¿no?

-Noventa y dos años, bien vividos.

-¿Cómo fue el golpe de la niña, vecino?

-Fue muy duro. La palada se subió para el cerro con la familia, con motivo de un almuerzo. Yo estaba ahí, por eso le digo. Ella se movió de la explanada para ver el pueblo y se paró encima de una piedra de arena y se le desbarató debajo de los pies. Vaciló un rato y tiro el niño para la explanada y se resbaló. El pelado rodó pero suave, por la explanada. La mamá si se raspó horrible y se reventó la cara. Yo vi el cadáver cuando lo levantaron. Cayó entre unas piedras después de rodar por el arenero, al lado de la quebrada. Ahí quedó. Ella iba con unos tacones muy bonitos, porque al cerro subimos en carro. Todos.

-¿Y se cayó porque no se los quiso quitar?

-¡Noj! Ella se los quitó cuando empezó a andareguear con el peladito por el cerro. Todos nos quitamos los zapatos. Uno se quita los zapatos en el cerro. A ella le dijeron que se los quitara en el carro, pero no quiso; tal vez eso es lo que le estaban contando.

-Seguro.

-Ahí va el pelado cargando al chino-

-Le llegó la hora temprano, ¿no don Vicente?

-Seguro, vecino. Yo le dije que se estuviera quieta, como todos en la explanada. Pero estos pelados de hoy en día ¿a quién escuchan?

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