Cuento inconcluso No 5

Cuento Inconcluso No. 5

La música sonó hasta la madrugada y quizá hasta bien entrada la mañana; no lo sé porque, cuando pude finalmente conciliar el sueño, estaba muy cansada y solo quería dormir; entonces, todavía estaba la fiesta y tu mirabas por la ventana, para ver llegar a la policía que llamaste para que callaran la barahúnda.

Ahora siento el escozor del café caliente bajando por mi garganta. No me gusta y nunca me gustó el café tan caliente pero, me lo tomo por costumbre. De niña, cuando mamá murió, papá nos cuidaba con gran celo y nos hacía tomar el café caliente, para que no nos enfermáramos. Pobre viejo. ¿Qué fue de esa sonrisa hermosa y de sus mejillas tan elásticas? Pues, ya no están y eso es todo.

Me miro los pies y noto que son un desastre; ya no tengo tiempo para hacérmelos arreglar y sigo subiendo la mirada sobre mi piel y veo que mis piernas blancas e han conservado todos estos años, o al menos a mí me lo parece. Pregunto por tu opinión y tú me miras y sonríes con socarronería. Tú crees, porque me conoces desde hace muchos años, que sabes quién soy y de qué estoy hecha. Y aunque fuera cierto ¿eso me hace inferior? Bueno, con decir “me hace” ya estoy admitiendo que sí sabes quién soy y de qué estoy hecha, pero eso no es cierto totalmente. Muchas cosas he callado y sé que no me conoces. Pero tú alardeas, porque eres arrogante y egoísta. No sé cómo terminé viviendo contigo.

Cuando murió papá, yo tuve que ver por mis hermanas, bien lo sabes, y si no ¿qué sería de ellas? Ahora ellas están muy bien y nunca vienen a visitarnos. Pero, siempre están muy ocupadas, es por eso.

No me gusta que fumes dentro de la casa, en especial en la cocina y menos aún, en mi presencia; así es que me levanto y salgo. Tú me detienes y me preguntas algo; yo creo que tú quieres saber para dónde voy y te contesto “Voy a darme un duchazo”. Tú no me preguntaste para saber eso, pero, no quisiste repetir la pregunta. Sólo dijiste “nada, nada; olvídalo”. Esa actitud me molesta mucho.

Entras al baño sin tocar y sin preocuparte de que estoy en la ducha. Te rasuras el rostro y dejas los restos de tu operación en el lavabo. Te secas con mi toalla y te ríes de tu payasada. A mí no me hace gracia. Las gotas de agua que caen por mi rostro arrastran las lágrimas que salen de mis ojos. Ahogo mis sollozos para no darte la honra de haberlos causado.

A mediodía salgo para la misa dominical: sola, como siempre. Permanezco toda la tarde en el templo; no quisiera regresar a mi hogar… esa es una palabra muy grande. Ojalá al menos pudiera tener hijos: tendría al menos una razón para volver a mi casa.

¿Me odias por no darte hijos, por no ser rubia o tener los ojos negros? Igual, nadie más soportaría tu horrible aspecto. Pero, yo no te lo digo, porque mi papá me enseñó a ser considerada y no quiero herirte. Además te sabes feo. Eso me produce un poco de risa. Pero, no la sostengo, porque al fin de cuentas contigo vivo desde hace veintisiete años y al menos, nunca me has golpeado.

Ahora lees impasible el periódico y esperas que te traiga un café. Bébelo, y ruega porque hoy no sea el día en que te lo presente con veneno. Ah. De todos modos quizá si llega el día, también tenga uno para mí.

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