Cuento inconcluso No 11

shadow

Le eché un último vistazo antes de partir. No había nada de luz adentro, pero mis ojos me dejaban ver en ese denso vacío las formas irregulares del pasado. Pasaron miles de recuerdos por mi mente en tan solo unos segundos.

– ¿Vamos? –resonó una voz en el rellano.

–Sí, un segundo –contesté sin volver el rostro, auscultando aún entre la neblina del tiempo.

Por un momento pensé ver un diminuto resplandor en el fondo de la habitación y entrecerré los ojos para ver mejor. Me adentré nuevamente en la habitación y la maleta que tenía sobre mi hombro izquierdo se estrelló contra el marco de la puerta y resbaló por el brazo. La deposité en el suelo y con la mano derecha busqué el interruptor de la luz.

–No hay bombillo –replicó la voz con indiferencia, y agregó: – ¿Necesitas uno?

–No, gracias –contesté sin perder de vista el diminuto punto luminoso. Caminé lentamente, intrigado y persistiendo estúpidamente en mi propósito casi inconsciente de dilatar la partida. De pronto se oscureció aún más la habitación y el punto desapareció súbitamente. De nuevo la voz sonó, esta vez desde la puerta – ¿Qué buscas?

–Nada en particular. Me pareció ver algo.

–Apúrate, el camión ya salió. Ya revisé en todas las habitaciones: no queda nada.

Bajé las escaleras pensativo, mirando los baldosines viejos y empolvados. Estaba a punto de dejar diez años de recuerdos, sin importar cuan dolorosos hubieran sido los últimos tres. La voz era de la única mujer que no se apiadaba de mí. Era mi amiga desde hacía muchos años y no sentía lástima ni piedad. Solo me apoyaba incondicionalmente. Allí estaba esperándome al final de las escaleras, sin preguntarme nada, solo esperando para salir. –Yo entrego las llaves –decidió sin consultarme –Tú súbete al carro.

Por el camino hubo más silencio. No había música, ni ruido. Era domingo en la mañana y las calles estaban desiertas. La calzada estaba húmeda por la lluvia de la noche anterior. Pensé en mencionarlo, pero no reuní los suficientes ánimos.

Cuando llegamos, ya estaban algunas cajas en la sala y los trabajadores descargaban muebles y electrodomésticos. Hacían bastante ruido, la verdad; pero, ni por eso se asomó un vecino. Había algunos locales también, cerrados todos. Dos de ellos empezaban apenas a abrir sus puertas: una panadería y un pequeño supermercado.

En la tarde vinieron algunos amigos y con música, cerveza y comida que habían traído, me ayudaron a acomodar todo. Solo dejé mi cuarto sin arreglar. Pensaba dormir en la sala, en el sofá quizá o en un colchón.

A poco de caer la noche se fueron despidiendo. Ella se quedó luego de que todos partieron. – ¿Quieres que me quede esta noche? –No, no –le respondí rápidamente –Carlos te debe estar esperando. No quiero que luego se ponga suspicaz conmigo y mañana debes trabajar.

–Y tú también, pero no deberías quedarte solo.

Me enojé, pero fingí una sonrisa e insistí.

Cerré la puerta con cerrojo. Sonó el timbre y abrí de nuevo: – ¿Se te quedó algo? –le dije a ella nuevamente.

– ¡Huich!, perdón… No. Dame el número del teléfono nuevo.

Se lo di y salió tras darme unas palmaditas en el hombro.

Encendí la televisión y busqué no sé qué en todos los canales, varias veces y no lo encontré. No tenía sueño. Pensé en el punto resplandeciente por un momento y luego en que era mejor distraerme. Busque entre algunas cajas que no habíamos abierto y encontré sus cosas: cajas de medicinas, catéteres, prescripciones, resultados de exámenes, órdenes de quimioterapia y radiación. No era la mejor distracción. Y eso que no había fotos.

Busqué en todas las cajas sus cosas y las reuní en una sola. La sellé y salí de la casa. En una esquina la abandoné y seguí caminando por el nuevo barrio. Nunca había estado por allí.

Compré una lata de cerveza, volví a la casa y frente a la puerta pensé de nuevo en el punto brillante. Tomé un taxi y volví a mi antigua casa. La idea era venderla y un vecino de toda la vida  se había encargado voluntariamente de mostrarla y hacer el papeleo para que yo no tuviera que volver. Él tenía mi copia de la llave pero, ya estaba muy tarde para timbrar. Había otra copia en la caja que abandoné.

Forcé un poco las ventanas pero estaban ajustadas. Busqué una roca para romper algún cristal, pero no hallé ninguna. Con un zapato lo hice al fin y esperé la reacción de los vecinos por el ruido, pero nadie acudió. Entré al fin. El silencio y la soledad eran espantosos. Se oía el eco de mis pasos; la casa aún olía a medicinas. Creí verla en su piyama rosa bajando por las escaleras, sosteniéndose en la pared, mirándome con la respiración agitada y con los ojos llenos de dolor. Amaba a esa mujer, pero ¿cómo decirle que su dolor era físico y el mío estaba en mi alma? Ella se libró de su dolor finalmente y yo me quedé con el mío. Subí las escaleras y en cada paso la memoria me estrujaba el alma y mi pecho sollozaba en silencio. La partida de mis padres estuvo cargada de pena, pero, con seguridad este dolor era muchísimo más intenso.

Toqué las frías paredes de cada cuarto y sentí su textura. Creo que era la primera vez que lo hacía. Estaban manchadas con las sombras de polvo de los cuadros. Cuando entré a esa habitación, la que ella había tomado para sí, para alejarse de mí, de todo lo que le molestaba, traté de ver el punto de nuevo. Sonó mi celular. – ¿Dónde estás? Te estoy marcando a tu casa ¿volviste? Carlos me va a llevar y nos vamos a quedar contigo.

–Sí, bueno… No, yo estoy caminando por el barrio.

–Reconozco el sonido del eco. Bueno, como quieras. En media hora estamos allá.

Tal vez fue un momento de intenso de dolor o de extrema locura o de ambas, pero, bajé las escaleras dispuesto a iniciar un incendio. Quería quemar la casa y todo el dolor con ella. Estaba abrumado por el llanto seco y silencioso de los últimos años… Se me ocurrió reunir papel, abrir el paso de gas, regar solvente para pinturas…Tal vez otro día.

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One Comment Add yours

  1. Jorge Andrés Moncada says:

    Me gusto mucho tu cuento. Me recordo, en cierta forma el Aleph de Jorge Luis Borges

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