Cuento inconcluso No 7

envelope

Me llegó un día gris. Lo recuerdo porque sentía entumecimiento en mis dedos. Casi al momento de recibirla, la abrí con pueril entusiasmo. La leí rápidamente, sin interesarme mucho por su contenido, sólo husmeando en busca de algo que alimentara mi ego pero, nada…

Finalmente, sin estar seguro el remitente, o del origen geográfico de la misiva tomé asiento cómodo, dispuesto a leerla, mascullando las palabras.

Decía así: “Si algún día, mi querido amigo, decides transcribir estas líneas, te enfrentarás a una inefable contrariedad, que ya lo ha hecho en otras ocasiones, pero que sólo ahora tendrás presente. Es una solemne paradoja que sea ahora precisamente que te planteo esta cuestión. Pero no te aflijas, que siempre podrás entender una paradoja, del modo que se ve despegar un avión desde tierra.”

La introducción no me dejaba prever ni el trasfondo ni la intención del autor. En cambio parecía excitar mi curiosidad, cosa que no es frecuente en alguien como yo, dedicado a su trabajo mecánico, que deja a los sabios la tarea de discurrir sobre solemnes paradojas y otras pendejadas por el estilo.

“El predicamento del que te pienso librar, no es originado por una tribulación providencial. La solución es empero, o pretende ser un paradigma clásico para resolver problemas de esa índole. Te enseñaré en fin, a cambiar el enfoque de tu atención.”

De manera que el texto seguía poniéndose interesante. Me detuve unos segundos para levantarme a hacer café y a encerrarme y a desconectar el teléfono y en fin, a invalidar cualquier cosa que me distrajera, incluyendo hambre y frío. Me arrellané de nuevo en la poltrona y me monté mis anteojos de carey en el lomo de mi nariz y me engullí una rosquilla dulce de trigo y me apuré un café negro de un trago largo.

“Tú te has preguntado algunas ocasiones a propósito de cierto asunto, que sólo has visto con claridad una vez en tu vida; algo sobre lo que no puedes dilucidar sin confundirte, pues te respaldas en tu memoria de mono ¿me equivoco? Decididamente no. Es por eso que escribo estas líneas.”

Me molestó el tono arrogante en que se dirigía a mí, acaso por el costo de mi comodidad, aquella que acababa de disponer para mi cuerpo y para mi mente.

Parecía que cada párrafo respondía a mis objeciones más inmediatas.

“No sientas que te increpo. Si te parezco muy soberbio, piensa en que eres honestamente transparente y te dejas conocer, como te conozco yo, muy del fondo del corazón de tu corazón, donde alguna vez estuvimos juntos, en un vacío de la memoria.”

Este individuo presumía conocerme y no se revelaba, lo cual me pareció más desconcertante que el contenido mismo de la misiva.

“Yo me refiero a que has dedicado menos tiempo del que te mereces a lo que debes, para ser quien quieres ser. No ofrezco una panacea para tu alma, porque tu futuro es tu decisión.”

No parecía entrar en materia, por lo que empecé a perder atención y a pensar en un pequeño ruido de la calle.

“Está bueno ya de peroratas. Mejor es ya que me ocupe del propósito primigenio de estas cuartillas. Lee con atención inusitada: hace muchos años leíste varios libros que propusieron un modelo de ortografía puntual que confundiste con una inclinación tipográfica, y no hiciste nada, a pesar de que la compartías y resentías su ausencia en textos que considerabas mediocres.”

Con estas líneas ya había acaparado toda mi atención, tan sutilmente como la había ido perdiendo segundos atrás.

“Pasaron varios años, desde entonces, durante los cuales el fenómeno que acabo de describir se repitió innumerablemente. Descubriste que te gustaba algo así y no debías preconizarlo, alegando objetividad. Hoy te libro de esa crónica pasión, hoy te quito tu yugo.”

Medité unos instantes sobre la palabra yugo y su versión sánscrita, que no deja de maravillarme por varias razones que prefiero omitir por el momento.

“La pregunta que te has hecho frente a estos eventos es poco más o menos como sigue: Si en una cita, inmersa en un texto, es menester finalizar un párrafo, continuando en el siguiente la inconclusa mención ¿es lícito o es obligación cerrar y abrir con el párrafo las respectivas comillas?”

Yo no salía de mi admiración. No entendía muy bien el asunto, lo que me estimuló de tal modo que leí varias veces el fragmento, incluso señalando las palabras con el dedo y pronunciándolas apenas con los labios.

“La respuesta es muy simple. Pero, quiero antes aclarar que, tu duda persiste por negligencia, porque la molestia no es bastante para incitarte a expresar tu inconformidad: te complace que las comillas no sean como los paréntesis de las ecuaciones que se han de cerrar si se han abierto.

“Te complace más el símil que puede haber entre las comillas y los guiones, que no necesariamente se han de cerrar.”

Si ya había captado mi atención, ahora iba tras mis recuerdos. Yo quería ahora averiguar cuáles, para cedérselos también de buen grado.

“Te quiero enseñar, finalmente, que tú sabes dónde encontrar la respuesta y lo único que tienes que hacer es vencer tus propias objeciones y requieres para ello un pequeño estímulo. Espero que el responder tu pregunta sea lo bastante estimulante.”

“En efecto mi querido amigo, se abren en cada párrafo las comillas de una cita, y no ce cierran hasta tanto esta ha terminado y se continúa con el texto que la contiene y la refiere.

“Me alegra mucho que hayas leído hasta aquí y me pondré feliz si recibo una respuesta.

“Aquí ya me despido. Totalmente a tu disposición, TuSabesQuién.”

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