Cuento inconcluso No. 16 – Helena ya no está con nosotros.

Ni una sola palabra diría al respecto, si hiciera caso de cuanta sandez me anda recomendando la gente que se cree mejor que yo; y es que la sandez incluye el enojo de quien aconsejó, pero su consejo no fue seguido. Por eso no dije nada antes, pero no callaré.  Si se ha cometido un crimen aquí, que me lo digan, aunque yo sea el reo. Nadie está libre de pecado.

Y es más pecado callar que otras cosas que uno no se imagina que sean así. Y no tengo justificación, porque nunca me cupo la menor duda de que había escuchado bien aquella tarde que a Helena la iban a secuestrar. Escuché como iba a participar la vigilancia de la casa, sin que hubiera heridos, fingiendo ser sorprendidos por una fuerza superior. De hecho se ofreció una recompensa mayor para quien se ofreciera a salir herido para darle más realismo a la farsa.

Si algo hubiera dicho, nada de esto hubiera sucedido. Lo peor es que no me callé un par de meses o un año: me callé 28 años. Helena había cumplido 6 añitos ese febrero.

Y el plan salió a pedir de boca. Cuando me contaron lo que sucedió, fue como escuchar nuevamente lo que oí en el estudio esa tarde. Yo había visto a Helena esa misma tarde que la secuestraron tan radiante, tan brillante… correteando entre las flores, persiguiendo mariposas y a ese perro tonto que se cansaba primero que ella. Yo la veía desde el otro lado del jardín, como me ordenaron que lo hiciera. Cualquier atrevimiento como acercarme mucho a ella, devendría en un castigo ejemplar. A veces quisiera pensar que fue por eso que no dije nada, pero ya no quiero más hipocresía.

A las cinco de la tarde sonaron los primeros disparos. Un guardia enorme estuvo oportunamente cerca de la niña y se arrojó sobre ella, dizque para protegerla, mientras se estrechaban los anillos de seguridad. Un guardia herido después, la fuerza de vigilancia estaba sometida. La herida no era de gravedad. Toda la familia está dentro de la casa, asustada, mirando por la ventana como sus guardias entregan las armas a los forajidos mientras en medio del lugar del cruce de disparos, estaba la niña.

Todo fue muy confuso. Nadie contó la historia como otro, y nadie la contó dos veces igual. El caso es que dejaron a los guardias amarrados en el patio y se alejaron llevándose la niña y haciendo disparos al aire. Los vehículos de seguridad, averiados. Los videos, eliminados. De la niña no se tuvo noticias por tres semanas. El cuarto jueves de mayo sonó el teléfono.

No hice más que ocultar mi sonrisa. Hasta me gustaba verla a solas frente a un espejo. No estaba contento porque hubieran secuestrado a Helena, ni porque a la hora de enterarme fuera de oídas y en mi oficio en el jardín. Estaba contento porque había entendido el plan y luego lo había visto ejecutarse. Había sido una obra maestra. En 28 años nadie puso en duda las declaraciones del personal de seguridad. Treinta y tres tendría Helena. Treinta y cuatro en dos semanas, cuando de nuevo sea febrero.

A Helena todos le decíamos Chame. La señora nos pedía muy cortésmente que nos dirigiéramos a ella con ese nombre: Chame. No doña Chame, no señorita Chame o niña Chame y mucho menos amita Chame. Esa fue la diferencia entre lo que oí y lo que me contaron que había sucedido: cuando escuché esa conferencia hablaban de Helena. Cuando me contaron me dijeron “Maro ¡secuestraron a Chame!”.

Yo sabía a donde la habían llevado. Yo sé, soy un imbécil. ¿Quién permite que secuestren a su hija? Tres semanas más tarde supe que siempre había sido un cobarde. Lamentablemente, lo que escuché después me sorprendió un poco y luego recordé lo que por un momento había olvidado: el secuestrador nunca se comunicó con la casa, sino que el papá de Helena, el otro papá, el papá con plata, ofreció una recompensa. La cantidad: mil doscientos millones de pesos. Lo mismo que escuché desde la biblioteca. El que los pedía sabía que podía hacerlo.

Para entonces la niña ya habría estado enferma. Eso lo explicó un médico forense en un noticiero: la enfermedad se agravó durante el secuestro, pero Helena ya tenía el mal en su pecho. El médico explicó que tendría unos pequeños quistes entre sus pulmones y la única forma de removerlos era quirúrgicamente, pero que los quistes reaparecerían hasta sustituir todo el tejido pulmonar y producirle la muerte. Yo vi a uno morirse así. Después de que diagnosticaron la enfermedad intentó quitarse la vida en varias ocasiones, porque le producía pánico la idea de morirse ahogado. Pero llegó la hora de la ironía y estuvo acostado, con los ojos exorbitados por la agonía del ahogo durante una eterna media hora, hasta cuando el tipo ya no hizo ningún movimiento y tenía los ojos mirando bizco. Así moriría mi niña. Cuando la encontraron ya estaba fría. El secuestrador tuvo la osadía de enviar una declaración a cada emisora que pudo, pidiendo disculpas por lo sucedido; seguro que no estaba dentro del plan la enfermedad de LAM no diagnosticada.

La niña ya no está con nosotros. Y siempre estará en mi memoria, más que el día del secuestro de la niña, la tarde en que escuché como planeaban en la sala el secuestro de Helena, mientras yo estaba en la casa, buscando un libro de horticultura que me dijeron que encontraría allí. Ese señor que fue candidato tres veces a la alcaldía y que al fin se retiró, le decía al papá de la niña que ofreciera la recompensa tres semanas después del secuestro y le prometía que nadie de la familia saldría herido. El papá de la niña tenía una sonrisa retorcida en la cara mientras planeaban el asalto y asentía a casi cada palabra del elaborado plan. Accedió a pagar en efectivo, 60% por adelantado y lo hizo mientras yo espiaba con ojos y oídos, entre hendijas las palabras que callé por 28 años.

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