Catarsis [cuento]

Una brisa de la infancia se coló entre mi nariz y por unos segundos creí correr por las calles de mi barrio natal. Creí que alucinaba y me detuve, porque iba caminando por la calle. En una fracción de segundo recordé dónde estaba y me puse a salvo de los rápidos vehículos que no desaceleraban a pesar de haberme visto y haberme sonado la bocina. Corrí pronto al asilo del andén y tras unos segundos que tardé en reponerme continué mi marcha donde la había dejado.

Esos breves instantes me parecieron extraordinarios en ese momento, pero ahora que lo pienso son espeluznantes. Pude haber perdido la vida o haber quedado con graves lesiones.

Pensé brevemente en ello antes de llegar a mi destino. Luego lo olvidé por completo, hasta hace unos momentos. Estaba en la cocina buscando ingredientes para la cena en la alacena, y me topé con una botella de aceite de oliva, como el que usa la mamá de un amigo. Nosotros siempre cocinamos con aceite de oliva, y pensé en mi amigo: destapé la botella y me sumergí en su aroma. No pude evitar la tentación de cocinar todo con ese aceite. Y de pronto recordé que en la tarde un olor me había traído un recuerdo y pensé que valdría la pena pensar en ello nuevamente, ya sin el estrés de los quehaceres y de la calle. Y lo hice. A veces es bueno escribir unas líneas a modo de catarsis.

Concluí, como ya lo mencioné, que esa experiencia es espeluznante y ciertamente peligrosa. Yo he tenido recuerdos inspirados en muchas cosas y gran parte de ellas fueron olores. Pero una cosa es tener un recuerdo y sonreír (o sonrojarse) y otra muy distinta es sentirte en vuelo hacia ese lugar diferente al actual, en el tiempo y en el espacio, abandonando completamente la noción de la realidad de manera inesperada.

Concluí también que podría estimularme esos recuerdos. En esas sonó el timbre y me levanté a ver quién era. Abrí la puerta y ofrecí un cálido saludo. También ofrecí café y galletas. Serví mientras conversábamos de trivialidades y entre una y otra le conté acerca de mi experiencia y mi idea. Estuvo de acuerdo conmigo en cuanto a que debería tomar acción pero, se sintió inútil para ayudar en alguna cosa, ni siquiera logística. Especialmente logística. Así que decidí que debía continuar buscando por mí cuenta o buscar a alguien con experiencia que me diera suficiente información.

Busqué entre las páginas de prestigiosas universidades y revistas, en enciclopedias viejas y nuevas, en el directorio telefónico. Bueno, no en el directorio; la verdad, encontré algunas palabras que luego fueron claves para mi hallazgo. En una página de múltiples paparruchas esotéricas encontré un excéntrico anuncio que invitaba al tiempo a práctica yoga y a consumir unos productos traídos de China. Lo más curioso es que se hacía llamar Doctor Olfatorio. El tipo, más o menos te lee el aura con la nariz. Olfatorio ¡Válgame Dios! Al principio me pareció nombre de villano de novela de Stan Lee, pero a poco me acostumbré a él. Cuando fui a su consultorio iba a ser el mediodía. El tráfico estaba terrible. Miré de rincón a rincón y en verdad parecía el consultorio de un médico. La recepcionista tomó mis datos y comprobó que yo hubiera reservado una cita. Media hora más tarde estaba frente a un muchacho más joven que yo, con bata gruesa, anteojos y buena actitud. Me saludó por mi nombre y me preguntó qué me agobiaba. Yo quise dar un pequeño rodeo, porque francamente no había forma de tenerle confianza a aquel lugar; le mostré mi preocupación por el nombre olfatorio, que no me parecía muy profesional porque no se trataba de un otorrinolaringólogo y ningún otorrinolaringólogo leería el aura con la nariz. En todo esto, el personaje sonreía ante cada una de mis inquietudes y luego que hube acabado me hizo saber que entendía mi preocupación y que pronto iba a aclarar todas y cada una de ellas.

Primero, me dijo, yo soy médico profesional. Me exhibió sus credenciales donde también vi lo que acreditaría una especialización en medicina homeopática así como una certificación de medicina ayurvédica de una universidad reconocida de India. Tenía algunas palabras en inglés y algunas otras en hindi.

En segundo lugar, agregó, tengo estos cursos libres sobre el olfato. El cuerpo expele ciertos humores cuando está enfermo y yo aprendí a reconocerlos. Así que sí soy doctor y sí diagnostico con ayuda del olfato, concluyó, y luego añadió: “El tema de la publicidad me pareció excesiva, pero la gente viene más ahora.”

Accedí a tener mi diagnóstico para lo cual tuve que vestirme con una tela parecida al Spandex, pero como con una espuma en el interior. Me habló del estrés, de los riñones, de los pulmones, del cigarrillo, de las comidas… Me recetó unos complementos vitamínicos y me hizo unas recomendaciones acerca de mis hábitos.

De regreso a la casa pasé frente a una iglesia. Estaban leyendo la Primera Carta de San Pablo a los Corintios: “Huid de la fornicación. Todos los demás pecados que un hombre comete están fuera del cuerpo, pero el fornicario peca contra su propio cuerpo.”

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One Comment Add yours

  1. oosorio456 says:

    Interesante forma de presentar una historia

    Like

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