FANTASMAS EN MIS DÍAS . Día 1. [Para Ginna, con dos enes]

Día 1

Existen muchos tipos de fantasmas y muchas formas de clasificarlos también. La forma de hacerlo incluso cambia de país a país y de región a región. Ellos mismos se clasifican de distinta manera. A algunos no les gustan las etiquetas y tratan sin éxito de actuar en consecuencia, pero siempre sobreactúan. Lo bueno es que estos son tolerantes con los otros fantasmas y con las otras entidades con las que interactúan. Es frecuente escuchar que en las casa viejas habitan estos seres, probablemente manifestaciones espectrales de personas que habitaron allí en el pasado y que ahora deambulan persiguiendo la vida que ya no tienen. Pero esto es un error. La gente teme a los fantasmas pero de lo que realmente huyen es de los ruidos de las bisagras sin aceitar y del rechinar de las viejas duelas o del viento silbando por las hendijas de puertas y ventanas. Los verdaderos fantasmas son esos que pueden vivir donde sean, siempre han existido y están vivos, nunca han estado muertos. No son almas de muertos penando entre los vivos. Es su naturaleza, así como están fueron creados.

Precisamente hace unos días, tuve la oportunidad de conocer a uno. Naturalmente yo esperaba ver una sábana flotante, o una luz con aspecto humano: cuerpo brazos, piernas, cabeza… Pero mi hallazgo fue más lejano de este paradigma cinematográfico. Era una luz. Sin forma, en un principio o a mí me lo pareció; era como un encanto. El fantasma sabía que yo quería que lo viera e hizo los arreglos necesarios para complacerme. Debo admitir que no fue un placer en un principio.

Hacia las 5:45 de la tarde de un soleado jueves de verano la luz del sol empezaba a declinar en mi ventana. Hacía una semana estaba yo allí, recuperándome de los estragos de nueve ciclos de quimioterapia, esperando lo peor y con la esperanza al menos de que no fuera necesario someterme a la radiación. El frío de la capital me había producido una intensa tos y mi estado físico era evidentemente terrible. Yo mismo no me asomaba al espejo. Pasaba las horas frente a aquella ventana, con un acopa de coñac en la mano y la bebía a sorbitos, porque, para ser sincero, siempre me gustó más el ron, pero no me pareció apropiado, dadas las circunstancias. El paisaje frente a mi ventana era espléndido: un pequeño prado se extendía hacia el suroccidente, verde, hasta alcanzar un riachuelo que lo separaba de una frondosa arboleda. Hacia el norte se veían azules las lejanas montañas, que separaban la sabana donde to estaba, del tumulto de las grandes ciudades. No había más ruido que el de las aves del jardín. La casa había sido construida por un amigo arquitecto que no la habitaba regularmente y me la ofreció para mi convalecencia. Nadie tenía mi número, por lo que las llamadas eran casi inexistentes. Traje mi laptop para trabajar, pero, decidí simplemente no hacerlo. Preferí dedicarme a embeberme en mis pensamientos frente a aquella ventana y así lo hice hasta aquel jueves. Yo me había retirado un poco, caminando por el salón, único ejercicio físico que practiqué durante esos días aciagos. Me pareció ver algo extraño en la luz de la ventana pero, mis preocupaciones eran más intensas, así que lo ignoré, hasta que pasadas las 6 me percaté de que todavía estaba iluminado el salón, aún sin encender las luces. Me acerqué a la ventana y aunque la luz era intensa no hería mis ojos; no pude ver a través de la ventana ni el prado, ni el riachuelo, ni nada: todo era blanco. Volví mi rostro un poco espantado, mas dentro del salón todo seguía igual. ME alejé un poco de la ventana caminando de espaldas, temblando, hasta tropezar con la mesita, por lo que aproveché para dejar mi copa. Me encontraba vestido, listo para salir, desde la mañana, como todos los días, pero, sin zapatos, en calcetines, así que sentía cada fibra de la alfombra con mis pies. En ese momento, las sentía más que nunca.

Repentinamente todo se puso oscuro. Me acerqué al interruptor que tenía guías fosforescentes, pero antes de alcanzarlo, el salón se iluminó de nuevo. La luz que venía de la ventana, empezó a dirigirse alternativamente hacia el techo, las paredes, la alfombra, los muebles y hacia mí mismo, sin ningún ritmo ni objetivo específico. Pensé que se trataba de alguna broma o de algún artilugio tecnológico desconocido de la casa. La luz empezó entonces a mostrarse de colores diversos, lo que me convenció de mi presunción. Pero empecé a dudar de mi hipótesis cuando la luz, como una masa, como el dentífrico, se deslizó desde el marco de la ventana y se desparramó sobre la alfombra hasta rodearme; luego, sin despegarse del piso, extendió su masa hasta el techo, creando alrededor de mi impavidez postiza una cortina traslúcida. En medio de la oscuridad, la luz tenue de la cortina me permitía reconocer el entorno: los muebles del salón, la mesa de lectura, la biblioteca y las siluetas rectangulares de los lienzos en las paredes. Extendí mi mano, asustado para tocar el espectro y entonces se escuchó un terrible acorde, como cuando se golpea con la mano izquierda varias teclas de un piano, al azar, sobre las notas más graves. El sonido se prolongó por unos segundos angustiosos y fue desvaneciéndose hasta desaparecer. También lo hizo la cortina, dejándome una sensación que no concebí ni siquiera el día que me dieron la noticia de mi cáncer de páncreas.

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