FANTASMAS EN MIS DÍAS. Día 3 (Aún te debo el día 2)

Día 3

 

Cuando me lo hicieron saber, mi respuesta inmediata fue preguntar si sentiría dolor. Y aún quise profundizar en el tema. Todo lo demás careció de significado para mí: todos tenemos que morir en algún momento y de todas formas nunca fui muy fan de la vida. Siempre me gustaron las cosas aburridas y las cosas que muchos encontraban divertidas, a mí me producían perturbación. No por poco entenderlas las dejé de probar. En algún lado hice la mejor descripción de mis experiencias que en el pasado me hubieran producido un desmayo. No hay ni una línea dedicada a la diversión. Tengo el talento de convertir a voluntad algo muy divertido en una cosa molesta. Incluso instintivamente, sin desearlo, sin planearlo… sin notarlo.

cancer

Aparentemente para algo muy triste también tengo ese talento: en pocos meses moriría de cáncer, leucemia mieloide aguda; detectada muy tarde, ya estaba también en mi sistema nervioso: mi primer síntoma fue una alucinación. Todo eso es muy interesante. En las siguientes semanas estuve estudiando anatomía y me adentré en la bioquímica de internet, buscando enterarme de todo, como del elenco de una película; entendiendo todo, como pretenden las religiones… Inútil, nunca lo supe explicar bien. Aguda significa que me mataría más rápido, aunque acaso tendría alguna oportunidad. Mieloide significa que el cáncer está en las células de mi médula ósea, mis tuétanos; me pregunté si sería por tantos huesos de pollo que chupé con tanto placer. En fin, leucemia, significa que tengo cáncer y ese cáncer está en principio, en mi sangre.

 

Pero yo quería saber en ese momento lleno de drama y solemnidad si me dolería. Ya había sangrado hasta perder el conocimiento; ya había cagado sangre; ya había tenido un intenso y prolongado dolor en el abdomen que me hizo aborrecerlo literalmente desde las entrañas. Los médicos dijeron que era extraordinario que hígado y bazo estuvieran sanos, si la inflamación fue causada porque se acumularon allí células con cáncer. Eso no me emocionaba, excepto porque no tendría más dolores por una causa diferente de la inflamación y sería por pocos meses. Así de tanto odio el dolor. Y así fue que empecé a experimentar con medicinas legales y la morfina se convirtió en mi vino y la oxicodona en mi pan.

 

No quiero decepcionarlos, pero debo advertirles que mi historia no es la del típico adicto: una vez establecida la dosis en que dejé de tener dolor abdominal y el riesgo de daño en el hígado y en los riñones estuvo minimizado, no se volvieron a producir cambios en el dosaje y lo respeté religiosamente. No tuve sobredosis nunca y si algo, por algunas molestias menores como gripas o dolores de cabeza, bajé el dosaje o suspendí los medicamentos. No caí en la indigencia. No me despidieron de mi empleo por irresponsabilidad o por comportamiento irrespetuoso u hostil. No es de las drogas que quiero hablar, sino de mi obsesión.

 

Me quedan pocos meses. Eso es aburrido. No puedo desperdiciar mi tiempo pensando en que me queda poco tiempo. Solo quiero saber si puedo seguir con mi vida y si podré atentar contra ella por diversión, ahora que me parece que no tengo nada que perder.

 

Yo necesito saber si sentiré dolor, no me interesa el drama y la desesperación. Si me dicen que debo estar en casa, en mucho reposo como dicen ellos, pues me quedaré en casa, acondicionaré mi casa para permanecer allí. Si me dicen que estaré bien… haré lo que hace quien quiere divertirse sin tener nada que perder. Incluso podría quedarme en casa descansando. Lo que quisiera.

 

Pero la noticia fue más bien desalentadora. De momento mis riñones están bien, pero mi hígado está muy deteriorado. El cáncer que lo hizo inflamarse nunca lo lastimó; las medicinas que buscaban matar el cáncer lo debilitaron. Otra ironía. Probablemente no sienta dolor por mi cáncer, pero lo podré tener con el hígado. Se habían anticipado protegiendo mi hígado con interferón, pero las medicinas para el dolor junto con el interferón podrían deteriorar por fin los riñones y había que aumentar la dosis del interferón para poder conservar el hígado hasta que este se regenerara. Los riñones jamás lo harían y por causa de mi enfermedad, un trasplante no estaba en discusión.

 

Lo que entendí es que tendría que aguantarme UN dolor mientras mi hígado se arreglaba, esperando que fuera antes de que se murieran mis riñones. Yo opté por vivir sin dolor.

Y2.0

Cada nota me recuerda a tí

cada cadencia, cada dolencia

cada derrota

 

Cada acorde me regresa a tí

aquella intro, este otro riff

la fiorutura

 

Cada tonada suspiro por tí

cada rima, cada recuerdo

otra frustración

 

Esa armonía es un lamento pot tí

tono menor, porque te vas

mi obstinación

 

Oye este solo, que es para tí

ese silencio, aquel half-time

oí qué pasión

 

Es un romance en compás de tres

y estás ahí, sin qué decir

en el leitmotif

 

No más lamento, no más por tí

Es un allegro, sola respiración

Primavera sin procesión.

 

 

Wake me up (Liabilities)

Wake me up (Liabilities)

Beside the lies I say to myself
There are other treats I am starving for
No treats, no lies, yeah, I’ve been told
Not buying a thing, so please stop to sell

Oh, baby, I need you here tonight
I swear, oh God, I want you mine
But in the morning leave behind
The less you can, and be so quiet

I thought you knew
you don’t want to
wake me up
wake me up, when I’m tired
leave me there
Cause I know
I won’t be me
wake me up, you will know
I go solo
I just hate
Liabilities

Don’t ask ’bout my dad or my dog
The less you know, the more you enjoy
Don’t wanna know why I fell asleep
So you’ll never bring it up to me

For sure you’d know
you must not
wake me up
wake me up, when I’m tired
leave like this
Cause, you know
In fact I’m this
wake me up, you should know
I go alone
I don’t
Liabilities

I thought you knew
you don’t want to
wake me up
wake me up, when I’m tired
leave me there
Cause I know
I won’t be me
wake me up, you will know
I go solo
I just hate
Liabilities

She sleeps [poem]

Is for you, dear Alexandra. I wonder if you would even read this.

Now I see she sleeps
So she can’t nag
The life is such a drag
Let her sleep, please

Besides is just the time
The hour, she is in place
To take deserved rest
Tomorrow I will hide

Her voice is now ceased
Closed are her eyes
Listen to my advice
She enjoy the schisms

What if I lose her
I would lose myself
Already lost my faith
Is hidden in a shell

Be mad at me, no worries
I know I deserve it
Just don’t turn your back on me
Don’t try to hide that smile from me
Don’t take it away frome me.
Don’t be a bringer of misery.

I am not talking with a babe anymore [Poem]

Si me inspiras yo escribo, mal, pero escribo. Si escribo me relajo y si me relajo me dan ganas de estudiar y estudio. Debo averiguar cómo inspirarme en mí mismo (“a mí mismo” suena muy masturbatorio e “inspirarme” queda sonando a “gratificarme”). De todas maneras gracias por el regalo tan bonito de la inspiración.

I’m not talking
not talking with a babe
with a babe anymore

I am not using
not using a diguise
a disguise anymore

You’re maybe thinking
oh, thinking, I just said
something wrong

Oh, take it easy.
Yes, easy, from now on
And henceforth

I am not fighting
not fighting you
Whatsoever,

Not fighting you.
Nobody but you
But you, you’re worong.

I am not fighting
not fighting you
You.

Antón y el eco de Francisco Añón

De niño leía este poema graciosísimo de un hombre ebrio que discute con el eco de sus propias palabras.

Antón y el eco
Francisco Añón Paz (Outes, 09/10/1812 – Madrid, 20/04/1878)

En noche oscura y brumosa
Tan atontado iba Antón,
Que cayó de un tropezón
En la acera resbalosa.

Soltó un feo juramento
Diciendo: ¿Quién se cayó?
Y en la pared del convento
Repercutió el eco: “yo”.

-¡Mientes! Fuí yo quien caí;
Y si el casco me rompí
Tendré que gastar pelucas…
-¡Lucas!

– No soy Lucas ¡voto a Dios!
Vamos a vernos los dos
Ahora mismo farfantón (1).
-¡Antón!

-¿Me conoces, eh, tunante (2)?
Pues aguárdate un instante,
Conocerás mi navaja…
-¡Baja!

-Bajaré con mucho gusto
¿Te figuras que me asusto?
Al contrario, más exalto…
-¡Alto!

– ¿Alto yo? ¿Piensa el osado
Que en este pecho esforzado
El valor ya está marchito?
-¡Chito!

-¿Y pretende el insolente
Mandar callar a un valiente?
¿Que calle yo? ¡Miserable!
-¡Hable!

-Hablaré, por vida mía,
Hasta que tu lengua impía
Con este acero taladre…
-¡Ladre!

-¿Ladrar? ¿Soy perro quizás?
¿Dónde, villano do estás
Que de esperarte me aburro?
-¡Burro!

-¿Burro yo? Insulto extraño
Que vengaré a mi amaño.
El momento es oportuno…
-¡Tuno (3)!

– ¿Dónde está el majadero
Que me toma por carnero?
Responde ¿Dónde se encuentra?
-¡Entra!

-Sal tu, si no eres cobarde;
Y apresúrate que es tarde.
A pie firme aquí te espero.
-¡Pero!

-¡No hay pero que valga, flojo!
Sal que ya estoy viendo rojo
Y ansío tenerte en frente…
-¡Ente!

-¿Pero dónde estás? Repito
Que estoy oyendo tu grito
Y tu ausencia ya me admira.
-¡Mira!

-Si, miro; pero ¡qué diablo!
No puedo ver con quien hablo,
Pues no aparece ninguno.
-¡Uno!

-Uno o cien, lo mismo da;
Que salga, que salga ya.
Lo aguardo ¡Aquí me coloco!
-¡Loco!

-¿Así te burlas de mi?
¿Quién eres, quién eres? Dí
No me hagas perder la calma.
-¡Alma!

-Mas si eres un alma en pena,
¿Cómo no oigo tu cadena?
Basta de bromas; concluye.
-¡Huye!

-No tal; no me iré de aquí
Sin saber quien me habla así.
Dime siquiera tu nombre.
-¡Hombre!

-¿Pero estás vivo o difunto?
Aclara bien este punto,
Que a mi ya nada me asombra.
-¡Sombra!

-¡Una sombra y la insulté!
Perdóname que tomé
Cuatro copas con bizcocho.
-¡Ocho!

Marchóse Antón al momento
Y en casa contó a su esposa
Que una sombra pavorosa,
En la acera del convento
Le había hablado, y no era cuento.
(1) Muy farfante: Hombre hablador, jactancioso, que se alaba de pendencias y valentías.
(2) Pícaro, bribón, taimado
(3) Pícaro, tunante

FANTASMAS EN MIS DÍAS . Día 1. [Para Ginna, con dos enes]

Día 1

Existen muchos tipos de fantasmas y muchas formas de clasificarlos también. La forma de hacerlo incluso cambia de país a país y de región a región. Ellos mismos se clasifican de distinta manera. A algunos no les gustan las etiquetas y tratan sin éxito de actuar en consecuencia, pero siempre sobreactúan. Lo bueno es que estos son tolerantes con los otros fantasmas y con las otras entidades con las que interactúan. Es frecuente escuchar que en las casa viejas habitan estos seres, probablemente manifestaciones espectrales de personas que habitaron allí en el pasado y que ahora deambulan persiguiendo la vida que ya no tienen. Pero esto es un error. La gente teme a los fantasmas pero de lo que realmente huyen es de los ruidos de las bisagras sin aceitar y del rechinar de las viejas duelas o del viento silbando por las hendijas de puertas y ventanas. Los verdaderos fantasmas son esos que pueden vivir donde sean, siempre han existido y están vivos, nunca han estado muertos. No son almas de muertos penando entre los vivos. Es su naturaleza, así como están fueron creados.

Precisamente hace unos días, tuve la oportunidad de conocer a uno. Naturalmente yo esperaba ver una sábana flotante, o una luz con aspecto humano: cuerpo brazos, piernas, cabeza… Pero mi hallazgo fue más lejano de este paradigma cinematográfico. Era una luz. Sin forma, en un principio o a mí me lo pareció; era como un encanto. El fantasma sabía que yo quería que lo viera e hizo los arreglos necesarios para complacerme. Debo admitir que no fue un placer en un principio.

Hacia las 5:45 de la tarde de un soleado jueves de verano la luz del sol empezaba a declinar en mi ventana. Hacía una semana estaba yo allí, recuperándome de los estragos de nueve ciclos de quimioterapia, esperando lo peor y con la esperanza al menos de que no fuera necesario someterme a la radiación. El frío de la capital me había producido una intensa tos y mi estado físico era evidentemente terrible. Yo mismo no me asomaba al espejo. Pasaba las horas frente a aquella ventana, con un acopa de coñac en la mano y la bebía a sorbitos, porque, para ser sincero, siempre me gustó más el ron, pero no me pareció apropiado, dadas las circunstancias. El paisaje frente a mi ventana era espléndido: un pequeño prado se extendía hacia el suroccidente, verde, hasta alcanzar un riachuelo que lo separaba de una frondosa arboleda. Hacia el norte se veían azules las lejanas montañas, que separaban la sabana donde to estaba, del tumulto de las grandes ciudades. No había más ruido que el de las aves del jardín. La casa había sido construida por un amigo arquitecto que no la habitaba regularmente y me la ofreció para mi convalecencia. Nadie tenía mi número, por lo que las llamadas eran casi inexistentes. Traje mi laptop para trabajar, pero, decidí simplemente no hacerlo. Preferí dedicarme a embeberme en mis pensamientos frente a aquella ventana y así lo hice hasta aquel jueves. Yo me había retirado un poco, caminando por el salón, único ejercicio físico que practiqué durante esos días aciagos. Me pareció ver algo extraño en la luz de la ventana pero, mis preocupaciones eran más intensas, así que lo ignoré, hasta que pasadas las 6 me percaté de que todavía estaba iluminado el salón, aún sin encender las luces. Me acerqué a la ventana y aunque la luz era intensa no hería mis ojos; no pude ver a través de la ventana ni el prado, ni el riachuelo, ni nada: todo era blanco. Volví mi rostro un poco espantado, mas dentro del salón todo seguía igual. ME alejé un poco de la ventana caminando de espaldas, temblando, hasta tropezar con la mesita, por lo que aproveché para dejar mi copa. Me encontraba vestido, listo para salir, desde la mañana, como todos los días, pero, sin zapatos, en calcetines, así que sentía cada fibra de la alfombra con mis pies. En ese momento, las sentía más que nunca.

Repentinamente todo se puso oscuro. Me acerqué al interruptor que tenía guías fosforescentes, pero antes de alcanzarlo, el salón se iluminó de nuevo. La luz que venía de la ventana, empezó a dirigirse alternativamente hacia el techo, las paredes, la alfombra, los muebles y hacia mí mismo, sin ningún ritmo ni objetivo específico. Pensé que se trataba de alguna broma o de algún artilugio tecnológico desconocido de la casa. La luz empezó entonces a mostrarse de colores diversos, lo que me convenció de mi presunción. Pero empecé a dudar de mi hipótesis cuando la luz, como una masa, como el dentífrico, se deslizó desde el marco de la ventana y se desparramó sobre la alfombra hasta rodearme; luego, sin despegarse del piso, extendió su masa hasta el techo, creando alrededor de mi impavidez postiza una cortina traslúcida. En medio de la oscuridad, la luz tenue de la cortina me permitía reconocer el entorno: los muebles del salón, la mesa de lectura, la biblioteca y las siluetas rectangulares de los lienzos en las paredes. Extendí mi mano, asustado para tocar el espectro y entonces se escuchó un terrible acorde, como cuando se golpea con la mano izquierda varias teclas de un piano, al azar, sobre las notas más graves. El sonido se prolongó por unos segundos angustiosos y fue desvaneciéndose hasta desaparecer. También lo hizo la cortina, dejándome una sensación que no concebí ni siquiera el día que me dieron la noticia de mi cáncer de páncreas.