FANTASMAS EN MIS DÍAS . Día 1. [Para Ginna, con dos enes]

Día 1

Existen muchos tipos de fantasmas y muchas formas de clasificarlos también. La forma de hacerlo incluso cambia de país a país y de región a región. Ellos mismos se clasifican de distinta manera. A algunos no les gustan las etiquetas y tratan sin éxito de actuar en consecuencia, pero siempre sobreactúan. Lo bueno es que estos son tolerantes con los otros fantasmas y con las otras entidades con las que interactúan. Es frecuente escuchar que en las casa viejas habitan estos seres, probablemente manifestaciones espectrales de personas que habitaron allí en el pasado y que ahora deambulan persiguiendo la vida que ya no tienen. Pero esto es un error. La gente teme a los fantasmas pero de lo que realmente huyen es de los ruidos de las bisagras sin aceitar y del rechinar de las viejas duelas o del viento silbando por las hendijas de puertas y ventanas. Los verdaderos fantasmas son esos que pueden vivir donde sean, siempre han existido y están vivos, nunca han estado muertos. No son almas de muertos penando entre los vivos. Es su naturaleza, así como están fueron creados.

Precisamente hace unos días, tuve la oportunidad de conocer a uno. Naturalmente yo esperaba ver una sábana flotante, o una luz con aspecto humano: cuerpo brazos, piernas, cabeza… Pero mi hallazgo fue más lejano de este paradigma cinematográfico. Era una luz. Sin forma, en un principio o a mí me lo pareció; era como un encanto. El fantasma sabía que yo quería que lo viera e hizo los arreglos necesarios para complacerme. Debo admitir que no fue un placer en un principio.

Hacia las 5:45 de la tarde de un soleado jueves de verano la luz del sol empezaba a declinar en mi ventana. Hacía una semana estaba yo allí, recuperándome de los estragos de nueve ciclos de quimioterapia, esperando lo peor y con la esperanza al menos de que no fuera necesario someterme a la radiación. El frío de la capital me había producido una intensa tos y mi estado físico era evidentemente terrible. Yo mismo no me asomaba al espejo. Pasaba las horas frente a aquella ventana, con un acopa de coñac en la mano y la bebía a sorbitos, porque, para ser sincero, siempre me gustó más el ron, pero no me pareció apropiado, dadas las circunstancias. El paisaje frente a mi ventana era espléndido: un pequeño prado se extendía hacia el suroccidente, verde, hasta alcanzar un riachuelo que lo separaba de una frondosa arboleda. Hacia el norte se veían azules las lejanas montañas, que separaban la sabana donde to estaba, del tumulto de las grandes ciudades. No había más ruido que el de las aves del jardín. La casa había sido construida por un amigo arquitecto que no la habitaba regularmente y me la ofreció para mi convalecencia. Nadie tenía mi número, por lo que las llamadas eran casi inexistentes. Traje mi laptop para trabajar, pero, decidí simplemente no hacerlo. Preferí dedicarme a embeberme en mis pensamientos frente a aquella ventana y así lo hice hasta aquel jueves. Yo me había retirado un poco, caminando por el salón, único ejercicio físico que practiqué durante esos días aciagos. Me pareció ver algo extraño en la luz de la ventana pero, mis preocupaciones eran más intensas, así que lo ignoré, hasta que pasadas las 6 me percaté de que todavía estaba iluminado el salón, aún sin encender las luces. Me acerqué a la ventana y aunque la luz era intensa no hería mis ojos; no pude ver a través de la ventana ni el prado, ni el riachuelo, ni nada: todo era blanco. Volví mi rostro un poco espantado, mas dentro del salón todo seguía igual. ME alejé un poco de la ventana caminando de espaldas, temblando, hasta tropezar con la mesita, por lo que aproveché para dejar mi copa. Me encontraba vestido, listo para salir, desde la mañana, como todos los días, pero, sin zapatos, en calcetines, así que sentía cada fibra de la alfombra con mis pies. En ese momento, las sentía más que nunca.

Repentinamente todo se puso oscuro. Me acerqué al interruptor que tenía guías fosforescentes, pero antes de alcanzarlo, el salón se iluminó de nuevo. La luz que venía de la ventana, empezó a dirigirse alternativamente hacia el techo, las paredes, la alfombra, los muebles y hacia mí mismo, sin ningún ritmo ni objetivo específico. Pensé que se trataba de alguna broma o de algún artilugio tecnológico desconocido de la casa. La luz empezó entonces a mostrarse de colores diversos, lo que me convenció de mi presunción. Pero empecé a dudar de mi hipótesis cuando la luz, como una masa, como el dentífrico, se deslizó desde el marco de la ventana y se desparramó sobre la alfombra hasta rodearme; luego, sin despegarse del piso, extendió su masa hasta el techo, creando alrededor de mi impavidez postiza una cortina traslúcida. En medio de la oscuridad, la luz tenue de la cortina me permitía reconocer el entorno: los muebles del salón, la mesa de lectura, la biblioteca y las siluetas rectangulares de los lienzos en las paredes. Extendí mi mano, asustado para tocar el espectro y entonces se escuchó un terrible acorde, como cuando se golpea con la mano izquierda varias teclas de un piano, al azar, sobre las notas más graves. El sonido se prolongó por unos segundos angustiosos y fue desvaneciéndose hasta desaparecer. También lo hizo la cortina, dejándome una sensación que no concebí ni siquiera el día que me dieron la noticia de mi cáncer de páncreas.

Catarsis [cuento]

Una brisa de la infancia se coló entre mi nariz y por unos segundos creí correr por las calles de mi barrio natal. Creí que alucinaba y me detuve, porque iba caminando por la calle. En una fracción de segundo recordé dónde estaba y me puse a salvo de los rápidos vehículos que no desaceleraban a pesar de haberme visto y haberme sonado la bocina. Corrí pronto al asilo del andén y tras unos segundos que tardé en reponerme continué mi marcha donde la había dejado.

Esos breves instantes me parecieron extraordinarios en ese momento, pero ahora que lo pienso son espeluznantes. Pude haber perdido la vida o haber quedado con graves lesiones.

Pensé brevemente en ello antes de llegar a mi destino. Luego lo olvidé por completo, hasta hace unos momentos. Estaba en la cocina buscando ingredientes para la cena en la alacena, y me topé con una botella de aceite de oliva, como el que usa la mamá de un amigo. Nosotros siempre cocinamos con aceite de oliva, y pensé en mi amigo: destapé la botella y me sumergí en su aroma. No pude evitar la tentación de cocinar todo con ese aceite. Y de pronto recordé que en la tarde un olor me había traído un recuerdo y pensé que valdría la pena pensar en ello nuevamente, ya sin el estrés de los quehaceres y de la calle. Y lo hice. A veces es bueno escribir unas líneas a modo de catarsis.

Concluí, como ya lo mencioné, que esa experiencia es espeluznante y ciertamente peligrosa. Yo he tenido recuerdos inspirados en muchas cosas y gran parte de ellas fueron olores. Pero una cosa es tener un recuerdo y sonreír (o sonrojarse) y otra muy distinta es sentirte en vuelo hacia ese lugar diferente al actual, en el tiempo y en el espacio, abandonando completamente la noción de la realidad de manera inesperada.

Concluí también que podría estimularme esos recuerdos. En esas sonó el timbre y me levanté a ver quién era. Abrí la puerta y ofrecí un cálido saludo. También ofrecí café y galletas. Serví mientras conversábamos de trivialidades y entre una y otra le conté acerca de mi experiencia y mi idea. Estuvo de acuerdo conmigo en cuanto a que debería tomar acción pero, se sintió inútil para ayudar en alguna cosa, ni siquiera logística. Especialmente logística. Así que decidí que debía continuar buscando por mí cuenta o buscar a alguien con experiencia que me diera suficiente información.

Busqué entre las páginas de prestigiosas universidades y revistas, en enciclopedias viejas y nuevas, en el directorio telefónico. Bueno, no en el directorio; la verdad, encontré algunas palabras que luego fueron claves para mi hallazgo. En una página de múltiples paparruchas esotéricas encontré un excéntrico anuncio que invitaba al tiempo a práctica yoga y a consumir unos productos traídos de China. Lo más curioso es que se hacía llamar Doctor Olfatorio. El tipo, más o menos te lee el aura con la nariz. Olfatorio ¡Válgame Dios! Al principio me pareció nombre de villano de novela de Stan Lee, pero a poco me acostumbré a él. Cuando fui a su consultorio iba a ser el mediodía. El tráfico estaba terrible. Miré de rincón a rincón y en verdad parecía el consultorio de un médico. La recepcionista tomó mis datos y comprobó que yo hubiera reservado una cita. Media hora más tarde estaba frente a un muchacho más joven que yo, con bata gruesa, anteojos y buena actitud. Me saludó por mi nombre y me preguntó qué me agobiaba. Yo quise dar un pequeño rodeo, porque francamente no había forma de tenerle confianza a aquel lugar; le mostré mi preocupación por el nombre olfatorio, que no me parecía muy profesional porque no se trataba de un otorrinolaringólogo y ningún otorrinolaringólogo leería el aura con la nariz. En todo esto, el personaje sonreía ante cada una de mis inquietudes y luego que hube acabado me hizo saber que entendía mi preocupación y que pronto iba a aclarar todas y cada una de ellas.

Primero, me dijo, yo soy médico profesional. Me exhibió sus credenciales donde también vi lo que acreditaría una especialización en medicina homeopática así como una certificación de medicina ayurvédica de una universidad reconocida de India. Tenía algunas palabras en inglés y algunas otras en hindi.

En segundo lugar, agregó, tengo estos cursos libres sobre el olfato. El cuerpo expele ciertos humores cuando está enfermo y yo aprendí a reconocerlos. Así que sí soy doctor y sí diagnostico con ayuda del olfato, concluyó, y luego añadió: “El tema de la publicidad me pareció excesiva, pero la gente viene más ahora.”

Accedí a tener mi diagnóstico para lo cual tuve que vestirme con una tela parecida al Spandex, pero como con una espuma en el interior. Me habló del estrés, de los riñones, de los pulmones, del cigarrillo, de las comidas… Me recetó unos complementos vitamínicos y me hizo unas recomendaciones acerca de mis hábitos.

De regreso a la casa pasé frente a una iglesia. Estaban leyendo la Primera Carta de San Pablo a los Corintios: “Huid de la fornicación. Todos los demás pecados que un hombre comete están fuera del cuerpo, pero el fornicario peca contra su propio cuerpo.”

Cuento inconcluso No. 16 – Helena ya no está con nosotros.

Ni una sola palabra diría al respecto, si hiciera caso de cuanta sandez me anda recomendando la gente que se cree mejor que yo; y es que la sandez incluye el enojo de quien aconsejó, pero su consejo no fue seguido. Por eso no dije nada antes, pero no callaré.  Si se ha cometido un crimen aquí, que me lo digan, aunque yo sea el reo. Nadie está libre de pecado.

Y es más pecado callar que otras cosas que uno no se imagina que sean así. Y no tengo justificación, porque nunca me cupo la menor duda de que había escuchado bien aquella tarde que a Helena la iban a secuestrar. Escuché como iba a participar la vigilancia de la casa, sin que hubiera heridos, fingiendo ser sorprendidos por una fuerza superior. De hecho se ofreció una recompensa mayor para quien se ofreciera a salir herido para darle más realismo a la farsa.

Si algo hubiera dicho, nada de esto hubiera sucedido. Lo peor es que no me callé un par de meses o un año: me callé 28 años. Helena había cumplido 6 añitos ese febrero.

Y el plan salió a pedir de boca. Cuando me contaron lo que sucedió, fue como escuchar nuevamente lo que oí en el estudio esa tarde. Yo había visto a Helena esa misma tarde que la secuestraron tan radiante, tan brillante… correteando entre las flores, persiguiendo mariposas y a ese perro tonto que se cansaba primero que ella. Yo la veía desde el otro lado del jardín, como me ordenaron que lo hiciera. Cualquier atrevimiento como acercarme mucho a ella, devendría en un castigo ejemplar. A veces quisiera pensar que fue por eso que no dije nada, pero ya no quiero más hipocresía.

A las cinco de la tarde sonaron los primeros disparos. Un guardia enorme estuvo oportunamente cerca de la niña y se arrojó sobre ella, dizque para protegerla, mientras se estrechaban los anillos de seguridad. Un guardia herido después, la fuerza de vigilancia estaba sometida. La herida no era de gravedad. Toda la familia está dentro de la casa, asustada, mirando por la ventana como sus guardias entregan las armas a los forajidos mientras en medio del lugar del cruce de disparos, estaba la niña.

Todo fue muy confuso. Nadie contó la historia como otro, y nadie la contó dos veces igual. El caso es que dejaron a los guardias amarrados en el patio y se alejaron llevándose la niña y haciendo disparos al aire. Los vehículos de seguridad, averiados. Los videos, eliminados. De la niña no se tuvo noticias por tres semanas. El cuarto jueves de mayo sonó el teléfono.

No hice más que ocultar mi sonrisa. Hasta me gustaba verla a solas frente a un espejo. No estaba contento porque hubieran secuestrado a Helena, ni porque a la hora de enterarme fuera de oídas y en mi oficio en el jardín. Estaba contento porque había entendido el plan y luego lo había visto ejecutarse. Había sido una obra maestra. En 28 años nadie puso en duda las declaraciones del personal de seguridad. Treinta y tres tendría Helena. Treinta y cuatro en dos semanas, cuando de nuevo sea febrero.

A Helena todos le decíamos Chame. La señora nos pedía muy cortésmente que nos dirigiéramos a ella con ese nombre: Chame. No doña Chame, no señorita Chame o niña Chame y mucho menos amita Chame. Esa fue la diferencia entre lo que oí y lo que me contaron que había sucedido: cuando escuché esa conferencia hablaban de Helena. Cuando me contaron me dijeron “Maro ¡secuestraron a Chame!”.

Yo sabía a donde la habían llevado. Yo sé, soy un imbécil. ¿Quién permite que secuestren a su hija? Tres semanas más tarde supe que siempre había sido un cobarde. Lamentablemente, lo que escuché después me sorprendió un poco y luego recordé lo que por un momento había olvidado: el secuestrador nunca se comunicó con la casa, sino que el papá de Helena, el otro papá, el papá con plata, ofreció una recompensa. La cantidad: mil doscientos millones de pesos. Lo mismo que escuché desde la biblioteca. El que los pedía sabía que podía hacerlo.

Para entonces la niña ya habría estado enferma. Eso lo explicó un médico forense en un noticiero: la enfermedad se agravó durante el secuestro, pero Helena ya tenía el mal en su pecho. El médico explicó que tendría unos pequeños quistes entre sus pulmones y la única forma de removerlos era quirúrgicamente, pero que los quistes reaparecerían hasta sustituir todo el tejido pulmonar y producirle la muerte. Yo vi a uno morirse así. Después de que diagnosticaron la enfermedad intentó quitarse la vida en varias ocasiones, porque le producía pánico la idea de morirse ahogado. Pero llegó la hora de la ironía y estuvo acostado, con los ojos exorbitados por la agonía del ahogo durante una eterna media hora, hasta cuando el tipo ya no hizo ningún movimiento y tenía los ojos mirando bizco. Así moriría mi niña. Cuando la encontraron ya estaba fría. El secuestrador tuvo la osadía de enviar una declaración a cada emisora que pudo, pidiendo disculpas por lo sucedido; seguro que no estaba dentro del plan la enfermedad de LAM no diagnosticada.

La niña ya no está con nosotros. Y siempre estará en mi memoria, más que el día del secuestro de la niña, la tarde en que escuché como planeaban en la sala el secuestro de Helena, mientras yo estaba en la casa, buscando un libro de horticultura que me dijeron que encontraría allí. Ese señor que fue candidato tres veces a la alcaldía y que al fin se retiró, le decía al papá de la niña que ofreciera la recompensa tres semanas después del secuestro y le prometía que nadie de la familia saldría herido. El papá de la niña tenía una sonrisa retorcida en la cara mientras planeaban el asalto y asentía a casi cada palabra del elaborado plan. Accedió a pagar en efectivo, 60% por adelantado y lo hizo mientras yo espiaba con ojos y oídos, entre hendijas las palabras que callé por 28 años.

Porn Abroad

Para mi sobrina Diana, que sabe lo que estaba haciendo y en lo que estaba pensando cuando escribí estas líneas.

PORN ABROAD

Cuento

El entrevistado era una celebridad y había vuelto popular su profesión: camarógrafo de películas para adultos. El man era medio camarógrafo y medio actor porno. Así para empezar.

El tipo tenía fama de cínico, y por más que busqué por todos lados, jamás vi un video del tipo actuando de modo, digamos… cínico. Me da la impresión de que le hacían preguntas cuya respuesta podían manipular para hacerle ver cínico. El tipo estaba curtido de todo ese mundillo, al punto de haber saltado a la fama con una película llamada ‘La entrepierna del Toro’, protagonizada nada menos que por Benedicto del Toro, quien había sido premiado con el Oscar a mejor actor de reparto en un remake de una obra de Broadway. Sin lugar a dudas, una buena razón para confiar en la taquilla.

Y no le bastó. Consiguió que le permitieran pasar comerciales de televisión con escenas de su película en horario Prime Time, haciendo uso de una influencia de la que tal vez hablemos más adelante. Se esperaba un escándalo durante la primera semana, pero la verdad no había muchos desnudos en el comercial. Decepcionantemente, no había ninguno. Solo diálogos, escenas con efectos especiales, artes marciales, armas de fuego… Todos los juguetes. Solo para mayores de edad, pero no tanto por las escenas de violencia, que eran las del comercial, porque todo lo demás era crudo, desenfrenado sexo, ilimitado en otros aspectos.

El tipo estaba impecablemente vestido para la entrevista: todo de negro, traje de diseñador, así como los zapatos. Tenía un reloj que más bien parecía una manilla, que sea agitaba en su muñeca cuando manoteaba hablando y sólo cuando lo buscó para ver la hora nos pudimos percatar de que era un reloj. Plateado él, no se veía nuevo. Tenía la tez fresca, como cuando se duerme bien y una sonrisa sincera, entregada a la tranquilidad.

Alonso estaba tranquilo, como en cada programa. No parecía tener la intención de generar polémicas. Se levantó de su asiento y saludó de mano al camarógrafo, o como quiera que lo haya etiquetado después de lo que le conté. Se sentaron tras las ovaciones del público y Alonso le ofreció un café que fue aceptado de inmediato.

-Donald “El Pato” Charry. “El Pato”, qué apodo más adecuado para alguien llamado Donald.

-Yo me llamo José del Carmen Donaldo Piernagorda Charry. Cuando me fui a vivir a la Florida, mi primo me presentaba como Donald, porque era lo único que me iba a poder traducir del nombre. Y algún día, algún idiota me dijo Pato, en inglés, Duck, y así me quedé en el barrio.

-¿Qué barrio es ese?

-El Distrital.

-En Ciudad de México

-En Buenos Aires.

-¿Es usted argentino? Yo le hacía mexicano.

-No, soy colombiano. El Distrital es un barrio de Buenos Aires, un pueblo del Cauca colombiano.

-Ah, es un pueblo en la frontera con el Ecuador.

-Sí, cerca de la frontera.

-Donald, bienvenido al programa.

-Muchas gracias por la invitación.

-Donald ¿19 años en la industria del porno?

-Diecinueve y tres meses largos, pero en la industria del cine porno. El porno no son solo películas. Hay fotografía, audio, música, comiquitas, mercadeo… Ni siquiera he estado en todos los puestos de la industria del cine porno. He sido guionista, director, camarógrafo, ingeniero de sonido, luminotécnico… productor…

-Protagonista

-Protagonista. Esa es buena. Yo traté una vez de actuar y dirigir y casi me como el presupuesto antes de empezar el rodaje. Jajajaja.

El público rio también. Era una buena hora para presentar la entrevista de un fresco, que podía hablar sin filtros en medio de un funeral y sonar descortés e insensible sin percatarse o sentir compasión, como lo describió una vez un magazín, luego de que se especulara sobre la contratación de del Toro.

-¿Actuó y dirigió?

-Brevemente. Muy brevemente ¿Puedo fumar?

-¿Tabaco?

-No.

-Entonces no. ¿Cómo se llamaba esa película?

-“Caballo de Troya: Con el hombre adentro”. Era de espías. Mi primera esposa me decía que parecía más un adolescente arrecho que un soldado griego de la segunda guerra mundial. Y los productores, la prensa y las Redes Sociales decían que me había centrado mucho en el hecho histórico. Onassis dijo que yo había montado una representación de las que hacen los niños en los colegios con una escena porno entre perros callejeros. Jajaja

-Fue un fiasco.

-Sí, pero no por eso, porque al final yo preferí protagonizar que dirigir. Esa la terminó de dirigir y editar Renaldo.

-Fue durante el rodaje de esa película que contrajo el SIDA.

-Sí. O tal vez no. Jajajaja… Directo al grano. Eso me gusta.

-Perdón ¿muy inadecuada?

-No, no. Bueno sí, es perfectamente inadecuada, pero, yo sabía que me harían esa pregunta si venía aquí. Así que no hay problema.

-Muy bien…

-Muy bien…

-Muy bien… la pregunta…

-Ah, bien. Mis abogados me dijeron que planteara tres escenarios. A ver si me los aprendí.

-¿Aprendí? ¿No son la verdad?

-Ninguno de ellos es completamente falso ni completamente cierto. Pero le garantizo que toda la verdad estará develada en mi respuesta. Es todo lo que podré darle.

-Muy bien, adelante.

-El primer escenario es durante el casting de la película. Ahí conocí a Jackson.

-A Jay Jackson. Hermosa mujer. Plaza Sésamo Jackson ¿Por qué Plaza Sésamo?

-Porque había un actor griego en una película que le decía “panta cleísimo”, que significa “siempre estrecha” en griego. El tipo terminaba una escena y se levantaba agitando las manos, y diciendo panta cleísimo, panta cleísimo… Y de ahí, usted sabe cómo es la gente, pasó a Plaza Sésamo. Me parecía terrible ese apodo, pero ya no relaciono más ese nombre con marionetas sino con silicona y maquillaje.

-Con ella se produjo el contagio.

-Yo no he hablado de contagio, pero, en este escenario hay uno, con Alessandro. En este escenario tuve relaciones homosexuales con él y como se supo posteriormente de su contagio, por la misma época en que me divorcié de mi primera esposa y porque estuve demacrado por la separación, me asociaron con el tipo, porque lo demacrado no puede ser más que SIDA.

-Pero no era SIDA.

-En el segundo escenario es sin duda SIDA. En este escenario ensayar en oscuro con Tiberio y Castillo.

-¿En oscuro?

-En oscuro es que no te filman. Estás conociendo a los actores y puede que la cosa se ponga acalorada allí dentro. No hay cámaras filmando, pero hay aparatos para hacer mediciones y ventanas con vidrios polarizados por todos lados, luces, utilería… En este escenario, estuve en un set ensayando en oscuro y la cosa se puso acalorada y nos cruzamos como bestias, unos con otros. Nadie filmaba, nadie tenía inhibiciones. Yo debía tomar nota, no acción y tomé acción y con otras nueve personas de ambos sexos y de las cuales unas tres estaban contagiadas de la enfermedad. Yo salgo en un programa de entrevistas y admito que tengo SIDA. Tengo SIDA.

-Le contagiaron durante el ensayo.

-Según el tercer escenario, ciertamente no. En este escenario se rumoró que mi tercera esposa había sido mi amante cuando yo estaba casado con Betty; y que ella luego había sido amante de Pierre, que en paz descanse, que falleció en un accidente aéreo de cuya autopsia se supo que portaba el virus y que presentaba algunos síntomas de la enfermedad. Cuando me casé con ella, me contagió. Pero, todo eso fue el resultado de rumores. Mire.

Busca en los bolsillos de la chaqueta, los que están dentro de la chaqueta y extrae unos papeles notariados.

-Estos certificados de ese año, cuando estalló el escándalo de Jackson. Son los resultados de las pruebas de ELISA que nos practicamos Raquel y yo, mire, NEGATIVO- señaló con su voz y con un dedo en el papel -Yo no tengo SIDA, Raquel tampoco. Aquí están los mismos exámenes, practicados hace veinte días. Raquel accedió a hacerse los exámenes y vea, NEGATIVO también. Hasta donde yo sé, Alessandro está limpio. No sé los demás.

Llovía a cantaros sobre mi tejado de lata, así que ya no podía escuchar lo que decían y apagué allí el televisor. No sé en qué acabaría todo, pero lo que alcancé a ver, me impresionó bastante. No creo que las palabras alcancen a describir parcialmente al menos, lo que sentí aquella noche. Y no estoy hablando de frío.

Cuento inconcluso No 7

envelope

Me llegó un día gris. Lo recuerdo porque sentía entumecimiento en mis dedos. Casi al momento de recibirla, la abrí con pueril entusiasmo. La leí rápidamente, sin interesarme mucho por su contenido, sólo husmeando en busca de algo que alimentara mi ego pero, nada…

Finalmente, sin estar seguro el remitente, o del origen geográfico de la misiva tomé asiento cómodo, dispuesto a leerla, mascullando las palabras.

Decía así: “Si algún día, mi querido amigo, decides transcribir estas líneas, te enfrentarás a una inefable contrariedad, que ya lo ha hecho en otras ocasiones, pero que sólo ahora tendrás presente. Es una solemne paradoja que sea ahora precisamente que te planteo esta cuestión. Pero no te aflijas, que siempre podrás entender una paradoja, del modo que se ve despegar un avión desde tierra.”

La introducción no me dejaba prever ni el trasfondo ni la intención del autor. En cambio parecía excitar mi curiosidad, cosa que no es frecuente en alguien como yo, dedicado a su trabajo mecánico, que deja a los sabios la tarea de discurrir sobre solemnes paradojas y otras pendejadas por el estilo.

“El predicamento del que te pienso librar, no es originado por una tribulación providencial. La solución es empero, o pretende ser un paradigma clásico para resolver problemas de esa índole. Te enseñaré en fin, a cambiar el enfoque de tu atención.”

De manera que el texto seguía poniéndose interesante. Me detuve unos segundos para levantarme a hacer café y a encerrarme y a desconectar el teléfono y en fin, a invalidar cualquier cosa que me distrajera, incluyendo hambre y frío. Me arrellané de nuevo en la poltrona y me monté mis anteojos de carey en el lomo de mi nariz y me engullí una rosquilla dulce de trigo y me apuré un café negro de un trago largo.

“Tú te has preguntado algunas ocasiones a propósito de cierto asunto, que sólo has visto con claridad una vez en tu vida; algo sobre lo que no puedes dilucidar sin confundirte, pues te respaldas en tu memoria de mono ¿me equivoco? Decididamente no. Es por eso que escribo estas líneas.”

Me molestó el tono arrogante en que se dirigía a mí, acaso por el costo de mi comodidad, aquella que acababa de disponer para mi cuerpo y para mi mente.

Parecía que cada párrafo respondía a mis objeciones más inmediatas.

“No sientas que te increpo. Si te parezco muy soberbio, piensa en que eres honestamente transparente y te dejas conocer, como te conozco yo, muy del fondo del corazón de tu corazón, donde alguna vez estuvimos juntos, en un vacío de la memoria.”

Este individuo presumía conocerme y no se revelaba, lo cual me pareció más desconcertante que el contenido mismo de la misiva.

“Yo me refiero a que has dedicado menos tiempo del que te mereces a lo que debes, para ser quien quieres ser. No ofrezco una panacea para tu alma, porque tu futuro es tu decisión.”

No parecía entrar en materia, por lo que empecé a perder atención y a pensar en un pequeño ruido de la calle.

“Está bueno ya de peroratas. Mejor es ya que me ocupe del propósito primigenio de estas cuartillas. Lee con atención inusitada: hace muchos años leíste varios libros que propusieron un modelo de ortografía puntual que confundiste con una inclinación tipográfica, y no hiciste nada, a pesar de que la compartías y resentías su ausencia en textos que considerabas mediocres.”

Con estas líneas ya había acaparado toda mi atención, tan sutilmente como la había ido perdiendo segundos atrás.

“Pasaron varios años, desde entonces, durante los cuales el fenómeno que acabo de describir se repitió innumerablemente. Descubriste que te gustaba algo así y no debías preconizarlo, alegando objetividad. Hoy te libro de esa crónica pasión, hoy te quito tu yugo.”

Medité unos instantes sobre la palabra yugo y su versión sánscrita, que no deja de maravillarme por varias razones que prefiero omitir por el momento.

“La pregunta que te has hecho frente a estos eventos es poco más o menos como sigue: Si en una cita, inmersa en un texto, es menester finalizar un párrafo, continuando en el siguiente la inconclusa mención ¿es lícito o es obligación cerrar y abrir con el párrafo las respectivas comillas?”

Yo no salía de mi admiración. No entendía muy bien el asunto, lo que me estimuló de tal modo que leí varias veces el fragmento, incluso señalando las palabras con el dedo y pronunciándolas apenas con los labios.

“La respuesta es muy simple. Pero, quiero antes aclarar que, tu duda persiste por negligencia, porque la molestia no es bastante para incitarte a expresar tu inconformidad: te complace que las comillas no sean como los paréntesis de las ecuaciones que se han de cerrar si se han abierto.

“Te complace más el símil que puede haber entre las comillas y los guiones, que no necesariamente se han de cerrar.”

Si ya había captado mi atención, ahora iba tras mis recuerdos. Yo quería ahora averiguar cuáles, para cedérselos también de buen grado.

“Te quiero enseñar, finalmente, que tú sabes dónde encontrar la respuesta y lo único que tienes que hacer es vencer tus propias objeciones y requieres para ello un pequeño estímulo. Espero que el responder tu pregunta sea lo bastante estimulante.”

“En efecto mi querido amigo, se abren en cada párrafo las comillas de una cita, y no ce cierran hasta tanto esta ha terminado y se continúa con el texto que la contiene y la refiere.

“Me alegra mucho que hayas leído hasta aquí y me pondré feliz si recibo una respuesta.

“Aquí ya me despido. Totalmente a tu disposición, TuSabesQuién.”

Cuento inconcluso No 11

shadow

Le eché un último vistazo antes de partir. No había nada de luz adentro, pero mis ojos me dejaban ver en ese denso vacío las formas irregulares del pasado. Pasaron miles de recuerdos por mi mente en tan solo unos segundos.

– ¿Vamos? –resonó una voz en el rellano.

–Sí, un segundo –contesté sin volver el rostro, auscultando aún entre la neblina del tiempo.

Por un momento pensé ver un diminuto resplandor en el fondo de la habitación y entrecerré los ojos para ver mejor. Me adentré nuevamente en la habitación y la maleta que tenía sobre mi hombro izquierdo se estrelló contra el marco de la puerta y resbaló por el brazo. La deposité en el suelo y con la mano derecha busqué el interruptor de la luz.

–No hay bombillo –replicó la voz con indiferencia, y agregó: – ¿Necesitas uno?

–No, gracias –contesté sin perder de vista el diminuto punto luminoso. Caminé lentamente, intrigado y persistiendo estúpidamente en mi propósito casi inconsciente de dilatar la partida. De pronto se oscureció aún más la habitación y el punto desapareció súbitamente. De nuevo la voz sonó, esta vez desde la puerta – ¿Qué buscas?

–Nada en particular. Me pareció ver algo.

–Apúrate, el camión ya salió. Ya revisé en todas las habitaciones: no queda nada.

Bajé las escaleras pensativo, mirando los baldosines viejos y empolvados. Estaba a punto de dejar diez años de recuerdos, sin importar cuan dolorosos hubieran sido los últimos tres. La voz era de la única mujer que no se apiadaba de mí. Era mi amiga desde hacía muchos años y no sentía lástima ni piedad. Solo me apoyaba incondicionalmente. Allí estaba esperándome al final de las escaleras, sin preguntarme nada, solo esperando para salir. –Yo entrego las llaves –decidió sin consultarme –Tú súbete al carro.

Por el camino hubo más silencio. No había música, ni ruido. Era domingo en la mañana y las calles estaban desiertas. La calzada estaba húmeda por la lluvia de la noche anterior. Pensé en mencionarlo, pero no reuní los suficientes ánimos.

Cuando llegamos, ya estaban algunas cajas en la sala y los trabajadores descargaban muebles y electrodomésticos. Hacían bastante ruido, la verdad; pero, ni por eso se asomó un vecino. Había algunos locales también, cerrados todos. Dos de ellos empezaban apenas a abrir sus puertas: una panadería y un pequeño supermercado.

En la tarde vinieron algunos amigos y con música, cerveza y comida que habían traído, me ayudaron a acomodar todo. Solo dejé mi cuarto sin arreglar. Pensaba dormir en la sala, en el sofá quizá o en un colchón.

A poco de caer la noche se fueron despidiendo. Ella se quedó luego de que todos partieron. – ¿Quieres que me quede esta noche? –No, no –le respondí rápidamente –Carlos te debe estar esperando. No quiero que luego se ponga suspicaz conmigo y mañana debes trabajar.

–Y tú también, pero no deberías quedarte solo.

Me enojé, pero fingí una sonrisa e insistí.

Cerré la puerta con cerrojo. Sonó el timbre y abrí de nuevo: – ¿Se te quedó algo? –le dije a ella nuevamente.

– ¡Huich!, perdón… No. Dame el número del teléfono nuevo.

Se lo di y salió tras darme unas palmaditas en el hombro.

Encendí la televisión y busqué no sé qué en todos los canales, varias veces y no lo encontré. No tenía sueño. Pensé en el punto resplandeciente por un momento y luego en que era mejor distraerme. Busque entre algunas cajas que no habíamos abierto y encontré sus cosas: cajas de medicinas, catéteres, prescripciones, resultados de exámenes, órdenes de quimioterapia y radiación. No era la mejor distracción. Y eso que no había fotos.

Busqué en todas las cajas sus cosas y las reuní en una sola. La sellé y salí de la casa. En una esquina la abandoné y seguí caminando por el nuevo barrio. Nunca había estado por allí.

Compré una lata de cerveza, volví a la casa y frente a la puerta pensé de nuevo en el punto brillante. Tomé un taxi y volví a mi antigua casa. La idea era venderla y un vecino de toda la vida  se había encargado voluntariamente de mostrarla y hacer el papeleo para que yo no tuviera que volver. Él tenía mi copia de la llave pero, ya estaba muy tarde para timbrar. Había otra copia en la caja que abandoné.

Forcé un poco las ventanas pero estaban ajustadas. Busqué una roca para romper algún cristal, pero no hallé ninguna. Con un zapato lo hice al fin y esperé la reacción de los vecinos por el ruido, pero nadie acudió. Entré al fin. El silencio y la soledad eran espantosos. Se oía el eco de mis pasos; la casa aún olía a medicinas. Creí verla en su piyama rosa bajando por las escaleras, sosteniéndose en la pared, mirándome con la respiración agitada y con los ojos llenos de dolor. Amaba a esa mujer, pero ¿cómo decirle que su dolor era físico y el mío estaba en mi alma? Ella se libró de su dolor finalmente y yo me quedé con el mío. Subí las escaleras y en cada paso la memoria me estrujaba el alma y mi pecho sollozaba en silencio. La partida de mis padres estuvo cargada de pena, pero, con seguridad este dolor era muchísimo más intenso.

Toqué las frías paredes de cada cuarto y sentí su textura. Creo que era la primera vez que lo hacía. Estaban manchadas con las sombras de polvo de los cuadros. Cuando entré a esa habitación, la que ella había tomado para sí, para alejarse de mí, de todo lo que le molestaba, traté de ver el punto de nuevo. Sonó mi celular. – ¿Dónde estás? Te estoy marcando a tu casa ¿volviste? Carlos me va a llevar y nos vamos a quedar contigo.

–Sí, bueno… No, yo estoy caminando por el barrio.

–Reconozco el sonido del eco. Bueno, como quieras. En media hora estamos allá.

Tal vez fue un momento de intenso de dolor o de extrema locura o de ambas, pero, bajé las escaleras dispuesto a iniciar un incendio. Quería quemar la casa y todo el dolor con ella. Estaba abrumado por el llanto seco y silencioso de los últimos años… Se me ocurrió reunir papel, abrir el paso de gas, regar solvente para pinturas…Tal vez otro día.

Cuento de una tarde sommnolienta o El jueves en la tienda del parque

beer

Ésto lo escuché hace varios años en una tienda de un pueblo del Tolima

-Yo le dije a esa mocosa que se quedara quieta. Harto le dije. Pero, estos chinos de hoy en día, no le tienen miedo al cuero, porque no lo han saboreado. Y así, pues ¿quién los ataja? van por ahí haciendo y diciendo sandeces y como todos son pecadores, ya nadie le da en la jeta a nadie.

-¿Y cuándo fue que se fue al piso?

-Ahora verá. Respéteme mis rodeos que yo perdonaré los suyos.

-Bueno, vecino, pero cuente pues.

-Un traguito de la cervecita antes de que se me caliente – el anciano bebió su trago y luego retiró la humedad de sus labios con la muñeca de la mano derecha que luego secó en el pantalón. Con la mano que tenía la cerveza, la dejó de nuevo sobre la mesita.- ¿En qué iba?

-En que le decía a la mocosa que se estuviera quieta…

-Y no hacía caso. Necia, la vergaja china esa. Y así mismo fue cuando señorita. Solo que cambió de juguetes, pero era la misma joda: pa’ dentro y pa’ fuera. Y como siempre fue linda la chinitica, pues, juguetes era lo que no le faltaban.

-Ajá.

-Entonces apareció un tal Raimundo. El pendejo ese no era ni feo. Era hijo de un vergajo que era mecánico, que trabajaba en un taller en el San Severino, que luego tuvo un accidente ¿Sí sabe quién es?

-Sí, vecino, Raimundo el hijo de don José y doña Helena.

-José Bermúdez. Alto era ese tipo. Y elegante. Él estaba en el taller todo engrasado, pero el domingo iba reluciente pa’ misa. Corbata y sombrero.

-No se me desvíe, vecino.

-Eh, pero Ud. sí acosa ¿no? Pues la muérgana china esta se tragó del Raimundo y no hallaba cómo metérsele en los calzones. Finalmente, la verrionda esta se le escapó a la mamá (en esas el viejo ya estaba cojo) y cogió pa’ donde el Raimundo, y sin avisarle (o eso dizque dijo él), se le metió por la ventana al cuarto. Según la negra del primer piso, dizque se trepó a la ventana empelota.

-¿Cómo así vecino?

-Hágame el favor. En esa buena estima tenían a la muchachita, si es que no es verdad tanta mierda que hablaron. Y si es cierto, muy audaz. Pero, pendeja, a fin de cuentas, porque el güevón ese no tenía un peso, ni trabajo ni nada. El caso fue que ahí tuvo un muchachito.

-¿Eso fue antes del accidente?

-¡Claro! Si cuando el accidente ella iba con el pelado en los brazos.

-No, vecino, ¿cómo se le ocurre? Si la señora esta se cayó duro, y rodo por esa loma un poco de metros. Si hubiera llevado al pelado, lo hubiera aporreado muy duro. Lo habría dejado mal, o Dios me perdone, lo habría matado. Porque esa señora… ¿qué iría a hacer si se le muere ese chino, cuando fue ella la terca que no se quitó esos zapatos?

-No, no, no ¿cuáles zapatos? Déjeme yo le cuento bien la cosa. Vea: ella iba descalza.

-¡Quej! Don Vicente, no sea tan ingenuo ¿Qué iba a hacer esa señora por allá arriba sin zapatos?

-Porque usted no me deja hablar. Escúcheme. Venga, escúcheme, déjeme hablar a mi solito y si quiere anote todo lo que le parezca mentira y yo se lo corroboro.

-¿Cómo me lo va a corroborar?

-Aguarde y verá.

-Vecino, hágale más bien. Tómese otro chorrito, para que humedezca el guargüero.

El viejo se apuró el traguito con una sonrisa maliciosa. Agotó el líquido en el segundo aventón y miró con un ojo mientras cerraba el otro.-Huy, esta joda ya está vacía.

-Pida la otra don Vicente, ni más faltaba.

Le trajeron la otra y la mira con ganas reprimidas mal disimuladas. Ya había criticado esa misma noche a varios borrachos del pueblo, tan ruines como él, pero, menos discretos.

-Mire: Don José casi se muere, pero se levantaba como podía y decía que ese niño sería de cualquiera, y le mencionó a varios gañanes de esos que todos sabían que habían comido dulces de la niña, pero, ¿pa’ qué?, qué la pelada anduvo juiciosa todo ese año, por arrastrarle el ala al Raimundo. Se volvió antipática: ya no la querían ni las amiguitas esas con la que andaba antes.-Terminó con un último aire, que casi no le alcanza.

-Don Vicente, no se me agite.

-Bueno. El pelado no sabía qué hacer, y uno lo veía como si nada, por la mañana en el colegio, y por la tarde en el taller. Solo le vi una novia antes de eso, esta niña Mariela.

-Mariana.

-Espere tantico… Como que sí. Mariana es la cosa. Bueno, esa monita era lo más de linda. Pero, era muy creída y el Raimundo era querido, pero… Usted sabe cómo son esas niñas: el papá fue alcalde, salieron de vacaciones para Inglaterra y eso volvió que no le cabía un espartillo por ese…

-¡Beh! Don Vicente, no le conocía muy bien esa lengua.

-Por el rabo, ja, ja, ja… Eso aquí en el campo no es como en el pueblo, aquí nadie nos jode por tener la lengua como un ají.

-Siga pues, vecino. ¿No se le ofrece una rellenita?

-Puede ser, con papita salada, si no es mucha molestia.

-Siga, don Vicente, ni más faltaba. –Doña Claudia, regáleme dos rellenas con buena papita. Siga don Vicente. Y ¿en qué quedó?

Media morcilla colgando, no se sabía bien si de la boca o del tenedor, o de ambos con la otra media en los carrillos, no dudo en salpicar comida por todos lados mientras decía: -La vieja lo dejó a la semana; la vieja lo dejó y estuvo haciendo unos cursos en el pueblo y luego se fue pa’ la universidad en la capital.

-¿Y el pelado se cuadró con la Natalia ahí mismo?

-¡Noj! ¿Eso es lo que le han dicho? Ellos nunca se cuadraron. El pelado llevaba como dos años desde que la Mariana lo dejó y él estaba solo, trabajando juicioso y estudiando juicioso. Los domingos iba a misa con los otros pelados, la niña y el pelado, y los gemelitos. También con los papás. Salían despacio. Apenas pa’l paso del viejo.

-Uno de los gemelitos dizque tiene una enfermedad en la sangre. Los dos pues, pero el mayorcito como que mantiene grave.

-Ah, sí. Pero deje le cuento lo que me falta de la historia de Natalia.

-Ah, verdad.

-La china esta se le metió al cuarto y lo abordó por la noche. Quién sabe dónde dormiría esos días, desde que se le voló a la mamá. Lo cierto fue que se le metió al cuarto a Raimundo y el pelado, más de malas, la perjudicó.

-¿Cómo así?

-Sí señor. El chinito se parece al papá, mírelo bien.

-No don Vicente, será porque usted es el bisabuelo.

-Ja, ja, ja. No, es verdad, el pelado es muy parecido al papá. A veces me da pesar, porque el palado se crió aquí en la casa, pero, muerta la mamá le tocaba al taita poner la cara.

-¿Hace cuánto que se cayó Natalia?

-Ahora ya serán… como tres años.

-No es tanto ¿No?

-Pues, sí, siempre. Después del colegio, la china se puso a hacer un poco de cursos, ahí mismo en el colegio, pero por la noche. Es que ahí funcionaba de noche otra cosa, como un instituto. Funciona todavía. Y los fines de semana, siguió con el baile. Dejaba el muchachito donde la tía alcahuete, porque la mamá no le patrocinaba ese negocio y el papá que no le tocaran a su princesa. Pues la china salió de novia de un pelado que era hijo de este señor alto que trabajaba en el banco; que lo mataron por error unos guerrilleros. El pelado era juicioso y, qué pecado, se burlaban de él, porque esta china tenía muy mala fama. A toda hora los vergajos chinos estos eran envenenando al pelado, cuando ya llevaban harto. Pues le sacaron cuento con un chino del puerto y el pelado se mató de un tiro.

-Ah, sí, yo oí ese cuento. Que el pelado dejó una carta y que quiso ahorcarse pero no fue capaz y le sacó el revolver al papá.

-Sí, Carlitos. Era buen pelado. A la pelada le dio duro. Yo sinceramente nunca la vi con gente del puerto. Andaba con todos esos pelados, pero no. Nunca con uno del puerto. Al fin salió la pelada pa’ las fiestas y armó una carreta con unos compañeros y con los hermanos que habían venido para esas fechas y se disfrazó, lo más de bonita.

-Don Vicente ¿qué relación tenía usted con esa china?

-Yo era el bisabuelo materno.

-No, por eso, don Vicente: ¿cómo se la llevaba usted con Natalia?

-Ah, nada. No yo la veía por ahí, pero si acaso me saludaba. Quién sabe si estaba enterada de que yo era el bisabuelo.

-Seguro que sí. Es que Ud. no es tan viejo tampoco ¿no?

-Noventa y dos años, bien vividos.

-¿Cómo fue el golpe de la niña, vecino?

-Fue muy duro. La palada se subió para el cerro con la familia, con motivo de un almuerzo. Yo estaba ahí, por eso le digo. Ella se movió de la explanada para ver el pueblo y se paró encima de una piedra de arena y se le desbarató debajo de los pies. Vaciló un rato y tiro el niño para la explanada y se resbaló. El pelado rodó pero suave, por la explanada. La mamá si se raspó horrible y se reventó la cara. Yo vi el cadáver cuando lo levantaron. Cayó entre unas piedras después de rodar por el arenero, al lado de la quebrada. Ahí quedó. Ella iba con unos tacones muy bonitos, porque al cerro subimos en carro. Todos.

-¿Y se cayó porque no se los quiso quitar?

-¡Noj! Ella se los quitó cuando empezó a andareguear con el peladito por el cerro. Todos nos quitamos los zapatos. Uno se quita los zapatos en el cerro. A ella le dijeron que se los quitara en el carro, pero no quiso; tal vez eso es lo que le estaban contando.

-Seguro.

-Ahí va el pelado cargando al chino-

-Le llegó la hora temprano, ¿no don Vicente?

-Seguro, vecino. Yo le dije que se estuviera quieta, como todos en la explanada. Pero estos pelados de hoy en día ¿a quién escuchan?