Antón y el eco de Francisco Añón

De niño leía este poema graciosísimo de un hombre ebrio que discute con el eco de sus propias palabras.

Antón y el eco
Francisco Añón Paz (Outes, 09/10/1812 – Madrid, 20/04/1878)

En noche oscura y brumosa
Tan atontado iba Antón,
Que cayó de un tropezón
En la acera resbalosa.

Soltó un feo juramento
Diciendo: ¿Quién se cayó?
Y en la pared del convento
Repercutió el eco: “yo”.

-¡Mientes! Fuí yo quien caí;
Y si el casco me rompí
Tendré que gastar pelucas…
-¡Lucas!

– No soy Lucas ¡voto a Dios!
Vamos a vernos los dos
Ahora mismo farfantón (1).
-¡Antón!

-¿Me conoces, eh, tunante (2)?
Pues aguárdate un instante,
Conocerás mi navaja…
-¡Baja!

-Bajaré con mucho gusto
¿Te figuras que me asusto?
Al contrario, más exalto…
-¡Alto!

– ¿Alto yo? ¿Piensa el osado
Que en este pecho esforzado
El valor ya está marchito?
-¡Chito!

-¿Y pretende el insolente
Mandar callar a un valiente?
¿Que calle yo? ¡Miserable!
-¡Hable!

-Hablaré, por vida mía,
Hasta que tu lengua impía
Con este acero taladre…
-¡Ladre!

-¿Ladrar? ¿Soy perro quizás?
¿Dónde, villano do estás
Que de esperarte me aburro?
-¡Burro!

-¿Burro yo? Insulto extraño
Que vengaré a mi amaño.
El momento es oportuno…
-¡Tuno (3)!

– ¿Dónde está el majadero
Que me toma por carnero?
Responde ¿Dónde se encuentra?
-¡Entra!

-Sal tu, si no eres cobarde;
Y apresúrate que es tarde.
A pie firme aquí te espero.
-¡Pero!

-¡No hay pero que valga, flojo!
Sal que ya estoy viendo rojo
Y ansío tenerte en frente…
-¡Ente!

-¿Pero dónde estás? Repito
Que estoy oyendo tu grito
Y tu ausencia ya me admira.
-¡Mira!

-Si, miro; pero ¡qué diablo!
No puedo ver con quien hablo,
Pues no aparece ninguno.
-¡Uno!

-Uno o cien, lo mismo da;
Que salga, que salga ya.
Lo aguardo ¡Aquí me coloco!
-¡Loco!

-¿Así te burlas de mi?
¿Quién eres, quién eres? Dí
No me hagas perder la calma.
-¡Alma!

-Mas si eres un alma en pena,
¿Cómo no oigo tu cadena?
Basta de bromas; concluye.
-¡Huye!

-No tal; no me iré de aquí
Sin saber quien me habla así.
Dime siquiera tu nombre.
-¡Hombre!

-¿Pero estás vivo o difunto?
Aclara bien este punto,
Que a mi ya nada me asombra.
-¡Sombra!

-¡Una sombra y la insulté!
Perdóname que tomé
Cuatro copas con bizcocho.
-¡Ocho!

Marchóse Antón al momento
Y en casa contó a su esposa
Que una sombra pavorosa,
En la acera del convento
Le había hablado, y no era cuento.
(1) Muy farfante: Hombre hablador, jactancioso, que se alaba de pendencias y valentías.
(2) Pícaro, bribón, taimado
(3) Pícaro, tunante

El exquisito secreto de Monsieur Bonneval

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El delicioso trozo que sigue, fue publicado por primera vez en 1950. Su autor, Paul Gallico (26 julio de 1897 – 15 de julio de 1976), de Estados unidos, era hijo de un italiano y una austriaca. Hacia 1930 era famoso en su país por sus crónicas deportivas y entonces abandonó esa profesión, para escribir cortas narraciones como esta que no puede menos que disfrutarse mucho. (Para más información hay que visitar http://www.paulgallico.info)

La próxima vez que haga usted un recorrido turístico por la región de los castillos en Francia, y visite la hilera de castillos que coronan las colinas situadas a lo largo del plácido Loira, seguramente descenderá del Chateau Loiret, debajo de Chaumont, para comer en la célebre Posada Chateau Loiret, al pie del castillo. Allí conocerá a Monsieur Armand Bonneval, el robusto hostelero y chef de la posada, cuyas energía y bondad que resplandecen en su rostro le dan un aspecto juvenil, y a Madame Bonneval, mujer de gran corazón… y enorme volumen. Y quizá vea también a Minette, la gatita negra y blanca orgullo y alegría de Monsieur y de Madame.

Seguramente probará la soberbia especialidad de la casa, Popular de Surprise Treize Minets; literalmente, Pollo sorpresa a la trece mininos. Su paladar quedará extasiado con el indefinible sabor que da al ave un ingrediente misterioso. Pero si se le ocurre preguntar por qué se llama así esta delicia de epicúreos, o qué confiere más sabrosura a ese pollo, más estimulante e inolvidable que ningún otro, se topará con un mutismo de piedra. Hasta este momento, nadie en todo el mundo, excepto Monsieur y Madame Bonneval, ha poseído el secreto de la receta que ha desafiado las papilas gustativas más refinadas de Francia.

Permítaseme, entonces, relatar la historia: En la Guía Michelin, biblia del turista y del gastrónomo, se designó a la posada con tres tenedores y tres cucharas cruzadas, lo cual significa un restaurante muy agradable. Pero aquello no satisfizo al alma creadora de Bonneval. La Guía tiene otros símbolos para distinguir las cocinas superiores: a saber, una, dos o tres estrellas. Tres estrellas, signo de las mejores mesas, estaban más allá del alcance y las esperanzas de Monsieur Bonneval. Tampoco había mayor oportunidad de merecer dos estrellas, indicadoras de excelente cocina: vale la pena desviarse. Pero él anhelaba la adición de una sola estrella anunciadora de que el visitante de su posada sería recompensado con muy buena cocina.

¡Ay, aquello era pedir peras al olmo! La Guía Michelin tenía que inspeccionar cientos de miles de paraderos en toda Francia. Podrían pasar años antes de que un catador oficial volviera a probar los manjares de la Posada Loiret. Aun si por buena suerte apareciera uno, no había oportunidad de que Bonneval le preparara la especialidad de la casa capaz de entusiasmarlo, por la sencilla razón de que la Guía Michelin efectuaba las pruebas con escrupulosa integridad e imparcialidad. El inspector llegaba y se iba disfrazado de turista ordinario. ¡Ah, si pudiéramos saber de antemano! , refunfuñaba Bonneval.

Un mediodía veraniego llegó esta carta, que el posadero vio sin dar crédito a sus ojos: Mi querido Bonneval: hace muchos años tuvo usted la ocasión de hacerme un favor, cuando yo estaba hambriento y sin blanca; nunca he olvidado su bondad.

Ocurre que hoy me encuentro en posición de retribuirle el servicio. Por medio de mis relaciones con la Guía Michelin, me he enterado de que el viernes 13 de julio un inspector pasará por Loiret-sur-Loire, con instrucciones de valorar la calidad de sus manjares. Yo bien sé que el genio de usted encontrará el mejor modo de aprovechar esta información. Soy un viejo amigo, que debe firmar XYZ.

¡Seré famoso! ¡Nos haremos ricos! , declaró Monsieur Bonneval. Pero luego gritó, alarmado: ¡Dios mío! La carta está fechada el 8 de julio, pero tardó en llegar. El viernes es 13, fecha de llegada del inspector, es hoy mismo. De pronto, el asunto cobró una urgencia que no se disipó por la exclamación de Madame Bonneval, quien miraba por la ventana: ¡Ha llegado a comer! Un grande y brillante automóvil se había estacionado junto a la posada, y del vehículo descendió alguien que sólo podía haberse pasado una gran parte de su existencia probando los mejores alimentos y bebidas, pues era tan barrigudo como un cerdo engordado para una exposición. Llevaba en la mano la famosa Guía, y entró por la puerta principal con una expresión mezcla de truculencia y grandes expectativas.

Nervioso por la inminencia de la prueba, Monsieur Bonneval corrió a la cocina gritando: Le prepararé Homard dans la Lune! (Langosta en la luna).

La receta de la Langosta en la luna es complicada, pues exige una gran langosta salteada y a la cacerola, y luego rellenada en la luna, un frágil brioché vaciado. Pero un desastre siguió al otro. La langosta, al salir del cuarto frío, lejos de estar fresca y viva como lo especificaba la receta, se hallaba prácticamente en estado rigor mortis. Brazon, el ayudante, anunció un cambio de viento que había afectado la corriente de la enorme estufa de hierro; al parecer, no daba calor.

Odette, la camarera, afectada por la tensión creciente, dejó caer la sopa en el regazo de aquel hombre gordo, que en la mente de Bonneval era el catador de Michelin. Celeste, ayudante de cocinera, cortó, en la tabla reservada para majar ajos, las almendras destinadas al soufflé que debía seguir a la langosta. Luego, Madame Bonneval cometió el imperdonable crimen de abrir la estufa en el momento en que Brazon abría la puerta trasera, permitiendo que una corriente de aire frío destrozara el soufflé Rojo de ira, Bonneval se lanzó a cerrar la puerta de la estufa… en el preciso momento en que la pobre Minette había decidido pasearse por el piso de la cocina. Había encontrado a un amigo en el parque del castillo, y estaba a punto de ser bendecida con los frutos de este amor; una buena dosis de ellos, a juzgar por sus dimensiones. Bonneval tropezó con Minette, y derramó la sauce vanille (salsa de vainilla) que estaba removiendo.

Algo pareció saltar dentro de él. Torturado más allá de toda resistencia humana, aplicó el pie derecho al trasero de Minette, que salió por los aires y se desvaneció por la puerta abierta. Entonces, Monsieur Bonneval se volvió hacia los seres humanos: ¡Mentecata! , gritó a su mujer. ¡Animal! , vociferó a Celeste. ¡Cretina! , insultó a Odette. ¡Cerdo! , apostrofó a Brazon.

Las reacciones fueron inmediatas. Brazon renunció, Odette desapareció, Celeste se arrancó el delantal por encima de la cabeza y tuvo un ataque de histeria, mientras Madame Bonneval corría escaleras arriba a encerrarse en su habitación.

El propio Bonneval colocó el soufflé ante el caballero aquel, catador de Michelin; luego, exhaló un tenue suspiro y se desmayó, quedando más tieso que una antigua chistera. El gordo mordisqueó una punta de aquello y profirió un rugido. ¡Envenenador! , le gritó. Y usted se considera chef! ¡Su soufflé sabe a ajo! Agitó entonces su Guía Michelin bajo la aterrada nariz de Monsieur Bonneval. Cuando yo haya terminado con usted, no podrá ya engañar a viajeros inocentes. Se arrancó entonces la servilleta de debajo del cuello y echó a andar a grandes zancadas hacia su auto.

Bonneval, sin embargo, es de esa raza de hombres que se enfrentan con viril entereza a los golpes de la vida, y se recuperan pronto. Tragándose su herido orgullo, corrió hacia la puerta cerrada de Madame y le habló por el agujero de la cerradura: Ven, querida, ya pasó todo. He pagado mis pecados. El inspector se ha ido a hacer su informe, y seguiremos siendo pobres. Pero mientras te tenga a ti, no me faltará valor para volver a empezar. Se calló al oír que la llave giraba lentamente en la cerradura.

Bonneval descendió las escaleras, calmó a la camarera, ofreció disculpas a Brazon y curó la histeria de Celeste con la promesa de un aumento de sueldo, si no se veía obligado a cerrar la posada. Pese a la paz declarada en sus dominios, Bonneval sentía hondo pesar, pues eran más de las 11 de la noche y Minette aún no había regresado. Tenía la conciencia tan negra como la noche por el puntapié que había propinado a su amiguita; sobre todo, teniendo en cuenta sus delicadas circunstancias.

Ella tendría todo el derecho de estar enfadada con él… si es que aún estaba viva. Entonces, ¿cómo persuadirla de su amor por ella, y de su terrible arrepentimiento? De pronto, se le ocurrió una idea. A Minette la volvía loca el pollo. La tentaría con su manjar favorito. El afán de actividad se apoderó entonces de Bonneval, quien se dijo a sí mismo: Pequeña Minette, voy a preparar un Poularde Surprise Royale sólo para ti. Haré esto como nunca he cocinado antes.

Deshuesó diestramente el pollo y lo rellenó con pasta de hígado de ganso, trufas y un estofado de menudencias y riñones cocinados con carne picada y rociado con oporto. La estufa funcionó maravillosamente. Unos aromas exquisitos empezaron a llenar la cocina. Aquel era arte por amor al arte, y como todos los verdaderos artistas y amantes, Bonneval empezó a improvisar, haciendo aquí un experimento audaz y radical con hierba, y allá con una especia; un toque de grasa ahumada, un vaso de coñac añejo. Y luego, mientras saqueaba su alacena, aun pensando en ganarse el corazón de Minette por el apetito, encontró y añadió un ingrediente que nunca había sido parte de Poularde Surprise Royale, ni de ningún otro plato.

Cuando el ave estuvo preparada a la perfección, Monsieur Bonneval la partió y, dejando una mitad en un plato, salió a la oscuridad con su exquisito símbolo de todo lo bueno y perfecto que el hombre ha aprendido a hacer con los manjares.

¡Minette, Minette! , llamó. Pero no hubo respuesta.

Acongojado, retornó a la cocina, y entonces vio que la otra mitad del pollo faltaba. Madame Bonneval lo saludó: Qué buena suerte, que decidiste cocinar Poularde. Hace 15 minutos llegó un viajero; un pobre señor cuyo auto se descompuso. Estaba muerto de hambre, y pidió algo que hubiera quedado, aunque estuviera frío. Puedes imaginarte la sorpresa que se llevó cuando le puse enfrente tu especialidad.

Bonneval se quedó de una pieza.

Pero… yo lo preparé para Minette…

No terminó de hablar. La puerta del comedor se abrió violentamente, y por ella pasó un hombrecillo con gafas, emocionadísimo. Corrió hacia Bonneval.

¡Genio! gritó. ¡Yo lo saludo! Nunca en mis 35 años, he comido semejante Poularde Surprise Royale. ¡Y a medianoche! ¡Esto es un verdadero palacio de la gastronomía! Tendrá usted su recompensa. Una estrella… No ¿qué estoy diciendo? ¡Dos estrellas! Hizo una pausa, y su expresión se volvió astuta.

Tres estrellas, si me revela usted ese ingrediente secreto.

Monsieur Bonneval se quedó mirándolo boquiabierto, y tartamudeó.

No… ¡No entiendo! Naturalmente, reconocí el perifollo. Se necesitó valor para aplicar la albahaca, y la idea de emplear la mejorana para contrarrestar con el estragón fue sensacional. Pero hay un sabor que se me escapa y yo, Fernand Dumaire, inspector de la Guía Michelin, debo saber cuál es. Pues usted ha modificado y glorificado el Poularde Surprise Royale. Se ha vuelto una creación nueva, y tendrá usted el honor de ponerle nombre. Pero dígame antes el ingrediente que me desconcierta, a cambio de la tercera estrella.

Reinó un minuto de silencio, al cabo del cual Bonneval respondió: No puedo decírselo. Quedaré satisfecho con las dos estrellas que usted generosamente me ha prometido.

Tiene usted razón, amigo mío repuso el catador. Un gran chef nunca debe revelar sus secretos. Bueno, dos estrellas nos distinguirán, de modo que el mundo entero se abrirá paso hasta su cocina.

Entonces, Minette saltó dentro de la habitación; era ya una esbelta Minette. Depositó un gatito recién nacido en la caja que le habían preparado junto a la estufa. Se fue. Volvió con otro gatito, y luego con otro, y otro. Todos miraban y contaron hasta 13, fascinados. Bonneval, con lágrimas de alegría, declaró con gran sentimiento: Llamaré a este plato Poularde Surprise Treize Minets.

Así, la próxima vez que paladee usted el exquisito pollo de Monsieur Bonneval, le ruego que no revele el ingrediente secreto y la razón de que no pudiese revelarlo, ni aún por el honor de la tercera estrella. Era sencillo, pero un tanto insólito. Por amor a Minette, había condimentado el pollo con la hierba preferida de todos los felinos: las muy perfumadas hojas de Nepeta cataria, más conocida de todos como calamento o hierba gatera.

Acerca del Libre desarrollo de la personalidad y el Manual de Convivencia

El siguente artículo no es de mi autoría, y su contenido es parte de un correo que me envió una gran directiva docente que tiene mucha experiencia en el tema de la presentación personal de los estudiantes en el colegio en contraste con lo dispuesto en el Manual de Convivencia y con las reacciones de docentes, estudiantes y padres de familia. El video que encabeza el artículo causó revuelo pues, aparentemente interpreta una parte delicada de la Constitución Colombiana relacionada con este tema, de manera amañada y ante las cámaras de un canal muy popular del país, en una sección de un noticiero. Júzguese quién tiene la razón y si le parece bien, exprese su opinipon en este blog.

Al interpretar el artículo 16 de la Constitución que consagra el derecho al libre desarrollo de la personalidad, la corte constitucional y la doctrina han entendido que: “ese derecho consagra una protección general de la capacidad que la Constitución reconoce a las personas para auto determinarse, esto es, a darse sus propias normas y desarrollar planes propios de vida, siempre y cuando no afecten derechos de terceros”. (SC-481/98).

(Sentencia T-569 de 1994) “La educación como derecho fundamental conlleva deberes del estudiante, uno de los cuales es someterse y cumplir el reglamento o las normas de comportamiento establecidas por el plantel educativo a que está vinculado. Su inobservancia permite a las autoridades escolares tomar las decisiones que correspondan, siempre que se observe y respete el debido proceso del estudiante, para corregir situaciones que estén por fuera de la Constitución, de la ley y del ordenamiento interno del ente educativo… El deber de los estudiantes radica, desde el punto de vista disciplinario, en respetar el reglamento y las buenas costumbres, y en el caso particular se destaca la obligación de mantener las normas de presentación establecidas por el Colegio, así como los horarios de entrada, de clases, de recreo y de salida, y el debido comportamiento y respeto por sus profesores y compañeros. El hecho de que el menor haya tenido un aceptable rendimiento académico no lo exime del cumplimiento de sus deberes de alumno.”

“Si bien la educación es un derecho fundamental y el estudiante debe tener la posibilidad de permanecer vinculado al plantel hasta la culminación de los estudios, de allí no debe colegirse que el centro docente está obligado a mantener indefinidamente entre sus discípulos a quien de manera constante y reiterada desconoce las directrices disciplinarias y quebranta el orden dispuesto por el reglamento educativo, ya que semejantes conductas, además de constituir incumplimiento de los deberes ya resaltados como inherentes a la relación que el estudiante establece con la Institución en que se forma, representa un abuso de derecho en cuanto causa perjuicio a la comunidad educativa e impide al plantel los fines que le son propios”. (ST 519 DE 1992).

“Ahora bien, una característica de algunos de los derechos constitucionales fundamentales es la existencia de deberes correlativos. En el artículo 95 de la Constitución Política se encuentran los deberes y obligaciones de toda persona. La persona humana además de derechos tienen deberes; ello es como las dos caras de una moneda, pues es impensable la existencia de un derecho sin deber frente a sí mismo y frente a los demás.” (Sentencia 002 de 1992)

La Corte Constitucional insiste en que toda comunidad requiere de un mínimo de orden y del imperio de la autoridad para que pueda subsistir en ella una civilizada convivencia, evitando el caos que podría generarse si cada individuo, sin atender reglas ni preceptos, hiciera su absoluta voluntad, aun en contravía de los intereses comunes, en un mal entendido concepto del derecho al libre desarrollo de la personalidad.”.

(Sentencia 037 de 1995) “La disciplina, que es indispensable en toda organización social para asegurar el logro de sus fines dentro de un orden mínimo, resulta inherente a la educación, en cuanto hace parte insustituible de la formación del individuo. Pretender que, por una errónea concepción del derecho al libre desarrollo de la personalidad, las instituciones educativas renuncien a exigir de sus alumnos comportamientos acordes con un régimen disciplinario al que están obligados desde su ingreso, equivale a contrariar los objetivos propios de la función formativa que cumple la educación”.

(Sentencia T-366 de 1997) “El proceso educativo exige no solamente el cabal y constante ejercicio de la función docente y formativa por parte del establecimiento, sino la colaboración del propio alumno y el concurso de sus padres o acudientes. Estos tienen la obligación, prevista en el artículo 67 de la Constitución, de concurrir a la formación moral, intelectual y física del menor y del adolescente, pues “el Estado, la sociedad y la familia son responsables de la educación”. No contribuye el padre de familia a la formación de la personalidad ni a la estructuración del carácter de su hijo cuando, so pretexto de una mal entendida protección paterna -que en realidad significa cohonestar sus faltas-, obstruye la labor que adelantan los educadores cuando lo corrigen, menos todavía si ello se refleja en una actitud agresiva e irrespetuosa.”