Para una niña llamada Gina, así como salió al primer intento.

No me preocupa
Que no te conozca,
Pues no me conoces
tampoco tu a mí.

Yo tengo defectos
Y son muy molestos
Los mismo me dices
Tu misma de tí.

Tu y yo estamos locos
Cualquiera diría
Tu me has enseñado
Que no importaría

Quisiera pedirte
No huyas al verme
Sería amarrarte
No lo voy a hacer

Pero si en el fondo
Te importo un poquito
Querida, ya veo
Una bella amistad.

Catarsis [cuento]

Una brisa de la infancia se coló entre mi nariz y por unos segundos creí correr por las calles de mi barrio natal. Creí que alucinaba y me detuve, porque iba caminando por la calle. En una fracción de segundo recordé dónde estaba y me puse a salvo de los rápidos vehículos que no desaceleraban a pesar de haberme visto y haberme sonado la bocina. Corrí pronto al asilo del andén y tras unos segundos que tardé en reponerme continué mi marcha donde la había dejado.

Esos breves instantes me parecieron extraordinarios en ese momento, pero ahora que lo pienso son espeluznantes. Pude haber perdido la vida o haber quedado con graves lesiones.

Pensé brevemente en ello antes de llegar a mi destino. Luego lo olvidé por completo, hasta hace unos momentos. Estaba en la cocina buscando ingredientes para la cena en la alacena, y me topé con una botella de aceite de oliva, como el que usa la mamá de un amigo. Nosotros siempre cocinamos con aceite de oliva, y pensé en mi amigo: destapé la botella y me sumergí en su aroma. No pude evitar la tentación de cocinar todo con ese aceite. Y de pronto recordé que en la tarde un olor me había traído un recuerdo y pensé que valdría la pena pensar en ello nuevamente, ya sin el estrés de los quehaceres y de la calle. Y lo hice. A veces es bueno escribir unas líneas a modo de catarsis.

Concluí, como ya lo mencioné, que esa experiencia es espeluznante y ciertamente peligrosa. Yo he tenido recuerdos inspirados en muchas cosas y gran parte de ellas fueron olores. Pero una cosa es tener un recuerdo y sonreír (o sonrojarse) y otra muy distinta es sentirte en vuelo hacia ese lugar diferente al actual, en el tiempo y en el espacio, abandonando completamente la noción de la realidad de manera inesperada.

Concluí también que podría estimularme esos recuerdos. En esas sonó el timbre y me levanté a ver quién era. Abrí la puerta y ofrecí un cálido saludo. También ofrecí café y galletas. Serví mientras conversábamos de trivialidades y entre una y otra le conté acerca de mi experiencia y mi idea. Estuvo de acuerdo conmigo en cuanto a que debería tomar acción pero, se sintió inútil para ayudar en alguna cosa, ni siquiera logística. Especialmente logística. Así que decidí que debía continuar buscando por mí cuenta o buscar a alguien con experiencia que me diera suficiente información.

Busqué entre las páginas de prestigiosas universidades y revistas, en enciclopedias viejas y nuevas, en el directorio telefónico. Bueno, no en el directorio; la verdad, encontré algunas palabras que luego fueron claves para mi hallazgo. En una página de múltiples paparruchas esotéricas encontré un excéntrico anuncio que invitaba al tiempo a práctica yoga y a consumir unos productos traídos de China. Lo más curioso es que se hacía llamar Doctor Olfatorio. El tipo, más o menos te lee el aura con la nariz. Olfatorio ¡Válgame Dios! Al principio me pareció nombre de villano de novela de Stan Lee, pero a poco me acostumbré a él. Cuando fui a su consultorio iba a ser el mediodía. El tráfico estaba terrible. Miré de rincón a rincón y en verdad parecía el consultorio de un médico. La recepcionista tomó mis datos y comprobó que yo hubiera reservado una cita. Media hora más tarde estaba frente a un muchacho más joven que yo, con bata gruesa, anteojos y buena actitud. Me saludó por mi nombre y me preguntó qué me agobiaba. Yo quise dar un pequeño rodeo, porque francamente no había forma de tenerle confianza a aquel lugar; le mostré mi preocupación por el nombre olfatorio, que no me parecía muy profesional porque no se trataba de un otorrinolaringólogo y ningún otorrinolaringólogo leería el aura con la nariz. En todo esto, el personaje sonreía ante cada una de mis inquietudes y luego que hube acabado me hizo saber que entendía mi preocupación y que pronto iba a aclarar todas y cada una de ellas.

Primero, me dijo, yo soy médico profesional. Me exhibió sus credenciales donde también vi lo que acreditaría una especialización en medicina homeopática así como una certificación de medicina ayurvédica de una universidad reconocida de India. Tenía algunas palabras en inglés y algunas otras en hindi.

En segundo lugar, agregó, tengo estos cursos libres sobre el olfato. El cuerpo expele ciertos humores cuando está enfermo y yo aprendí a reconocerlos. Así que sí soy doctor y sí diagnostico con ayuda del olfato, concluyó, y luego añadió: “El tema de la publicidad me pareció excesiva, pero la gente viene más ahora.”

Accedí a tener mi diagnóstico para lo cual tuve que vestirme con una tela parecida al Spandex, pero como con una espuma en el interior. Me habló del estrés, de los riñones, de los pulmones, del cigarrillo, de las comidas… Me recetó unos complementos vitamínicos y me hizo unas recomendaciones acerca de mis hábitos.

De regreso a la casa pasé frente a una iglesia. Estaban leyendo la Primera Carta de San Pablo a los Corintios: “Huid de la fornicación. Todos los demás pecados que un hombre comete están fuera del cuerpo, pero el fornicario peca contra su propio cuerpo.”

Show up

-For AMVC

Where are you?
Should I be waiting?
Will you finally show up?
I know it’s scary
I know you suffered and we all hate pain
But I am here, frightened,
Waiting for your embrace
For your safety of music and paper
For the motherhood in your voice
I also suffered
I’ve also been in pain
I also felt the cold and despair
I also rubbed my hands against each other
Fearing but the worst
But I am here
Waiting for your warm smile
For your red hands and your long toes
For the flowers in your hair
Would you gimme your hands?
Would you gimme a chance?
Not today, maybe not yet
I’ll be here
Definitely
Waiting for the sign
The proper one
That you’ll show up
At least once.

To — Edgar Allan Poe (Intento de traducción)

Esto es un intento de traducción, más bien profana, de un bello poema de Edgar Allan Poe. Por favor, si lo entiende mejor que yo, impóngame su traducción. La mía orbita ente mi ignorancia (en general y particularmente la del idioma y la poesía) y el sentimiento de arrepentimiento que me inspiraron los versos de cuya traducción no dudo: “Esos años de amor han sido olvidados | En el odio de un minuto…”

To —- – Edgar Allan Poe
[Para —-]

I heed not that my earthly lot
[No presto atención a que a mi tierra]
Hath – little of Earth in it —
[tenga – un poco del planeta en ella]
That years of love have been forgot
[Esos años de amor han sido olvidados]
In the hatred of a minute: —
[En el odio de un minuto]
I mourn not that the desolate
[No lamento que los desolados]
Are happier, sweet, than I,
[Sean más felices, dulces, que yo]
But that you sorrow for my fate
[Sino que lamentes mi destino]
Who am a passer-by.
[Que soy un transeúnte]

Mente traidora

Me pareció ver tu silueta
En un párrafo
Entre unas líneas

Inscrita no entre sus ideas
Sino en la forma
El orden de las letras

No eras un sentimiento
Mas, una forma
Algo más concreto

Tenía allí tus facciones
Como haciendo un gesto
Con tus frustraciones

Pero como ya lo dije
No eras una idea
Interpretaciones

Mi mente vio tu sombra
Mi mente quiso verte
Qué mente tan traidora

Un recuerdo de Borges

Ugolino
Ugolino

En mi deambular yo perdí este libro. Se quién lo puede tener, pero jamás será cómodo pedírselo. Sería para recordar a quien me lo regaló [tambien me regaló La mujer del collar de terciopelo, la novela de Dumas, no el cuento de Washington Irving que se basó en aquella; aún conservo el tomo que me regaló de La Comedia Humana de Honoré de Balzac, que incluye la única novela que me he leído de ese autor: Papá Goriot]. Pero, no, no es para recordarla. La recuerdo igual; no necesito que ella siquiera sepa de mí. Lamento sí, la pérdida de esos libros. De los Ensayos de Borges, mi favorito era este, El falso problema de Ugolino. Borges plantea una vieja disputa entre dos posiciones frente a la interpretación de un pasaje de la Divina Comedia. Unos dicen que el protagonista cometió canibalismo y los otros que no. Aparentemente todos quieren averiguar si lo que Dante cuenta pasó en realidad, pues el personaje es histórico. Pero ni siquiera es claro lo que dice Dante. Según Borges, Dante escribió así, para que el lector pensara que ambas cosas son posibles, pero sin afirmar ninguna. La cantidad de citas es increible y los argumentos son exquisitos.

El falso problema de Ugolino de Jorge Luis Borges [del libro Nueve ensayos dantescos (1982)]

No he leído (nadie ha leído) todos los comentarios dantescos, pero sospecho que, en el caso del famoso verso 75 del canto penúltimo del Infierno, han creado un problema que parte de una confusión entre el arte y la realidad. En aquel verso Ugolino de Pisa, tras narrar la muerte de sus hijos en la Prisión del Hambre, dice que el hambre pudo más que el dolor («Poscia, piú che’l dolor, potè il digiuno»)[«Después más que el dolor pudo el ayuno»]. De este reproche debo excluir a los comentaristas antiguos, para quienes el verso no es problemático, pues todos interpretan que el dolor no pudo matar a Ugolino, pero sí el hambre. También lo entiende así Geoffrey Chaucer en el tosco resumen del episodio que intercaló en el ciclo de Canterbury.

Reconsideremos la escena. En el fondo glacial del noveno círculo, Ugolino roe infinitamente la nuca de Ruggieri degli Ubaldini y se limpia la boca sanguinaria con el pelo del réprobo. Alza la boca, no la cara, de la feroz comida y cuenta que Ruggieri lo traicionó y lo encarceló con sus hijos. Por la angosta ventana de la celda vio crecer y decrecer muchas lunas, hasta la noche en que soñó que Ruggieri, con hambrientos mastines, daba caza en el flanco de una montaña a un lobo y sus lobeznos, Al alba oye los golpes del martillo que tapia la entrada de la torre. Pasan un día y una noche, en silencio. Ugolino, movido por el dolor, se muerde las manos; los hijos creen que lo hace por hambre y le ofrecen su carne, que él engendró. Entre el quinto y el sexto día los ve, uno a uno, morir. Después se queda ciego y habla con sus muertos y llora y los palpa en la sombra; después el hambre pudo más que el dolor.

He declarado el sentido que dieron a este paso los primeros comentadores. Así, Rambaldi de Imola en el siglo XIV; «Viene a decir que el hambre rindió a quien tanto dolor no pudo vencer y matar.» Profesan esta opinión entre los modernos Francesco Torraca, Guido Vitali y Tommaso Casini. El primero ve estupor y remordimiento en las palabras de Ugolino; el último agrega: «Intérpretes modernos han fantaseado que Ugolino acabó por alimentarse de la carne de sus hijos, conjetura contraria a la naturaleza y a la historia», y considera inútil la controversia. Benedetto Croce piensa como él y sostiene que de las dos interpretaciones, la más congruente y verosímil es la tradicional. Bianchi, muy razonablemente, glosa: «Otros entienden que Ugolino comió la carne de sus hijos, interpretación improbable pero que no es lícito descartar.» Luigi Pietrobono (sobre cuyo parecer volveré) dice que el verso es deliberadamente misterioso.
Antes de participar, a mi vez, en la inutile controversia, quiero detenerme un instante en el ofrecimiento unánime de los hijos. Éstos ruegan al padre que retome esas carnes que él ha engendrado:

«… tu ne vestisti
queste misere carni, e tu le spoglia»[«… tú nos vestiste/con esta carne mísera, y puedes quitárnosla» (Inf. XXXIII, 62-63)].

Sospecho que este discurso debe causar una creciente incomodidad en quienes lo admiran. De Sanctis (Storia della Letteratura Italiana, IX) pondera la imprevista conjunción de imágenes heterogéneas; D’Ovidio admite que «esta gallarda y conceptuosa exposición de un Ímpetu filial casi desarma toda crítica». Yo tengo para mí que se trata de una de las muy pocas falsedades que admite la Comedia. La juzgo menos digna de esa obra que de la pluma de Malvezzi o de la veneración de Gracián. Dante, me digo, no pudo no sentir su falsía, agravada sin duda por la circunstancia casi coral de que los cuatro niños, a un tiempo, brindan el convite famélico. Alguien insinuará que enfrentamos una mentira de Ugolino, fraguada para justificar (para sugerir) el crimen anterior.

El problema histórico de si Ugolino della Gherardesca ejerció en los primeros días de febrero de 1289 el canibalismo es, evidentemente, insoluble. El problema estético o literario es de muy otra índole. Cabe enunciarlo así: ¿Quiso Dante que pensáramos que Ugolino (el Ugolino de su Infierno, no el de la historia) comió la carne de sus hijos? Yo arriesgaría la respuesta: Dante no ha querido que lo pensemos, pero sí que lo sospechemos [Observa Luigi Pietrobono (Infierno, pág. 47) «que el digiuno no afirma la culpa de Ugolino, pero la deja adivinar sin menoscabo del arte o del rigor histórico. Basta que la juzguemos posible».]. La incertidumbre es parte de su designio, Ugolino roe el cráneo del arzobispo; Ugolino sueña con perros de colmillos agudos que rasgan los flancos del lobo («… e con l’agute scane / mi parea lor veder fender li fianchi»)[«… y con sus agudos colmillos / me parecía que se los hundían en sus costados» (Inf. XXXIII, 35-36).]. Ugolino, movido por el dolor, se muerde las manos; Ugolino oye que los hijos le ofrecen inverosímilmente su carne; Ugolino, pronunciado el ambiguo verso, torna a roer el cráneo del arzobispo. Tales actos sugieren o simbolizan el hecho atroz. Cumplen una doble función: los creemos parte del relato y son profecías.

Robert Louis Stevenson (Ethical Studies, 110) observa que los personajes de un libro son sartas de palabras; a eso, por blasfematorio que nos parezca, se reducen Aquiles y Peer Gynt, Robinson Crusoe y don Quijote. A eso también los poderosos que rigieron la tierra: una serie de palabras es Alejandro y otra es Atila. De Ugolino debemos decir que es una textura verbal, que consta de unos treinta tercetos. ¿Debemos incluir en esa textura la noción de canibalismo? Repito que debemos sospecharla con incertidumbre y temor. Negar o afirmar el monstruoso delito de Ugolino es menos tremendo que vislumbrarlo.

El dictamen ‘Un libro es las palabras que lo componen’ corre el albur de parecer un axioma insípido. Sin embargo, todos propendemos a creer que hay una forma separable del fondo y que diez minutos de diálogo con Henry James nos revelarían el «verdadero» argumento de Otra vuelta de tuerca. Pienso que tal no es la verdad; pienso que Dante no supo mucho más de Ugolino que lo que sus tercetos refieren. Schopenhauer declaró que el primer volumen de su obra capital consta de un solo pensamiento y que no halló modo más breve de transmitirlo. Dante, a la inversa, diría que cuanto imaginó de Ugolino está en los debatidos tercetos.

En el tiempo real, en la historia, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas opta por una y elimina y pierde las otras; no así en el ambiguo tiempo del arte, que se parece al de la esperanza y al del olvido. Hamlet, en ese tiempo, es cuerdo y es loco [A titulo de curiosidad, cabe recordar dos ambigüedades famosas. La primera, la sangrienta luna de Quevedo, que es a la vez la de los campos de batalla y la de la bandera otomana: la otra, la mortal moon del soneto 107 de Shakespeare, que es la luna del cielo y la Reina Virgen]. En la tiniebla de su Torre del Hambre, Ugolino devora y no devora los amados cadáveres, y esa ondulante imprecisión, esa Incertidumbre, es la extraña materia de que está hecho.

Así, con dos posibles agonías, lo soñó Dante y así lo soñarán las generaciones.